VASCONCELOS FRENTE A TRUMP

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SALVADOR ECHEAGARAY

MIRADOR

“Vida intensa, azarosa.

El peligro acechando voraz.

Alma pasional.

Pensamiento crítico, acucioso.

Anhelo en busca de un ideal”.

 

Así podemos describir la personalidad de un educador, abogado y político mexicano, que en su paso por nuestro convulso México aportó buena parte de su tiempo y de sus conocimientos a enderezar la barca trastocada por los vientos incesantes que movían a la nación.

José Vasconcelos nació en Oaxaca, el 27 de febrero de 1882. Pasó su primera infancia en varias ciudades del país, como Piedras Negras, Coahuila, de donde cruzaba a diario a Eagle Pass, Texas, para asistir a la escuela. Es ahí donde experimenta en vida la importancia de la unión del espíritu latinoamericano frente al racismo de la entonces naciente potencia norteamericana.

En Campeche, reflexionaba: “Aquí no hay un niño que haya leído tanto como yo. Quizá en la ciudad de México haya alguno”, dice en una de sus novelas autobiográficas, El Ulises Criollo. Así se iba formando el intelecto de uno de los pocos reconocidos filósofos mexicanos.

Su madre influyó en buena medida en su espiritualidad. De gran devoción de pequeño, sin embargo, tiene un periodo de indiferencia religiosa por la prematura muerte de su madre, a quien amaba profundamente. Sin embargo, en su edad madura rescata la fe cristiana con que fue criado.

De adulto se establece en la ciudad de México. Ahí simpatiza con la Revolución Mexicana debido al descontento con algunos abusos del régimen imperante de Porfirio Díaz.

Se casa con su novia de juventud. Tiene familia, pero su espíritu se agitaba en la vorágine de la gloria, de la filosofía, de la exaltación de lo latino y todo ideal sincero, debatiéndose entre la formación moral y la vertiente de la atracción sexual.

Son épicos sus amores, los cuales describe en sus obras biográficas como el mencionado El Ulises Criollo, La Tormenta y El Proconsulado. Entre estas historias destaca su aventura de amor con Adriana y con “la Argentina”. Bien aprovechada, esta última, por un caricaturista de la época donde en un gráfico aparece Vasconcelos dando una clase apuntando a un mapamundi: “A ver niños, -pregunta- ¿dónde está la Argentina?”, y le responden: “En el Hotel Central, profesor”.

Su vida fue intensa. Las condiciones políticas, culturales y económicas del país, a su espíritu acucioso lo preocupaban sobre manera. Sin dejar su despacho de abogado, participa activamente como ideólogo de la Revolución Mexicana. “Sufragio efectivo, no reelección” es una frase de su inventiva, según relata.

Traba amistad con Álvaro Obregón, quien, al llegar a la Presidencia de México, ofrece a Vasconcelos la Secretaría de Educación, que dirige de 1921 a 1924. Vuelve a plasmar su pensamiento en la frase “Por mi raza, hablará el espíritu”.

En tan poco tiempo tiene una labor altamente productiva. Se da cuenta de la necesidad que tiene el país de elevar su nivel cultural y social. Reflexiona sobre la importancia de la lectura. Edita en colecciones económicas a los clásicos griegos, a los clásicos romanos y lo mejor de la literatura mundial.

Realiza una labor titánica en su breve periplo por la Secretaría de Educación. Fomenta la cultura, las artes. A los grandes pintores de la época les ofrece los muros de los principales edificios para que inmortalicen y eleven el espíritu nacional.

José Vasconcelos murió en la ciudad de México en 1959, escribiendo en su escritorio. El legado que ha dejado, además de su obra biográfica y filosófica es el de la autoestima de un país. Vasconcelos nos brindó la certeza de que cuando se anhela trabajar en pos de algo sublime intelectual y moralmente, México puede. Incluso ante la adversidad, no ya de los enemigos externos de México sino de los depredadores nacionales que sólo medran para sus mezquinos intereses sin importarles un bledo la patria que nos pertenece a todos.

Hoy en día que nos sentimos amenazados por el racismo de Trump, deberíamos voltear a la vida y obra de este gran mexicano que fue José Vasconcelos y hacer nuestro su propósito e ideal de la unidad de la gran nación que somos todos los habitantes de los países latinoamericanos, no por nada nos bautizó con el título de la Raza Cósmica.

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