UNA BODA POPULISTA

MIRADOR... SALVADOR ECHEAGARAY

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Salvador Echeagaray

El novio: ¿Te quieres casar conmigo?

La novia: No sé, debo pensarlo.

El novio: ¿O te piensas casar con el ricachón aquel que no sirve para nada y que ni siquiera te quiere?

Novia: Pero, ¡tú no tienes nada qué ofrecerme!

Novio: Ahorita no, pero ya verás qué bien me va a ir; todo lo que siempre has querido, conmigo lo tendrás.

Novia. No estoy segura de eso.

Novio: Mira, acabo de pedir un buen préstamo y ve lo que te traje, ¡un anillo de brillantes que vale casi lo que una casa!  ¿Ves que sí te conviene casarte conmigo?

Novia: Tengo mis dudas.

Novio: ¡Conmigo tendrás todo el amor y toda la felicidad!

Esta declaración de amor se puede extrapolar a una campaña política. El candidato promete todo al posible votante sin estar seguro si cumplirá o no.

Pero, este tipo de diálogo, se parece todavía más a la campaña de un político de corte populista. Sí, aquel que también promete una vida mejor, pero le añade ingredientes que van más allá de lo mero práctico.

Vienen a mi mente algunos videos del extinto presidente populista Hugo Chávez en Venezuela, cuando decía que su actuación como gobernante sería amorosa. Lo mismo ha repetido en México el sempiterno candidato Andrés Manuel López Obrador.

También, el populista presidente de Morena añade tintes paradisiacos en el sentido de que quien los elija encontrará la felicidad en esta vida y casi promete la felicidad en la otra.

Otra de las características de un político populista es polarizar a la población. Él y los que le siguen son los buenos; los otros, los que no piensan como ellos, son los malos.

Revisando los archivos de la memoria, vienen a la mente fragmentos de discursos del Fidel Castro, por ejemplo, cuando culpaba al capitalismo y en primer término a los Estados Unidos como causantes de todos los males de Cuba y del mundo.

Lo mismo pasó con Hugo Chávez en Venezuela y sigue sucediendo en ese mismo país con Nicolás Maduro. Para ellos todos son malos, todos quieren el mal de los pueblos y de sus gobernados, menos ellos.

Otra característica de los políticos populistas es su mesianismo. Ellos encarnan, según sus intenciones, al poderoso personaje que habrá de librarlos de los corruptos. Claro, anhelan la liberación y la salvación del pueblo sin hacer nada de su parte, tan sólo recibiendo todo lo que piden.

Otra característica de los gobiernos populistas es la dádiva constante al pueblo, que en cierto sentido de solidaridad no estaría tan mal, pero los políticos pérfidos la convierten en moneda de cambio para obtener votos. Obrar correctamente sería atender el viejo proverbio: “Si a alguien le das un pescado lo alimentarás un día; si lo enseñas a pescar, lo alimentarás toda la vida”.

Pero el líder populista no lo entiende así, empieza a ofrecer despensas, bienes superfluos; luego promete obras y servicios de primer mundo a la población, que esto y que el otro. ¿De dónde saldrá el dinero?, si acaso, del endeudamiento. Después, como es de esperarse, las deudas ahogarán su sistema económico y vendrá la crisis total, como lo que observamos en la mayoría de los países que han sucumbido a las promesas populistas.

La esposa: Ya leí tu artículo.

El esposo: ¿Y qué opinas?

La esposa: Que me engañaste con tus promesas, ¡eres un populista!

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