TODOS SOMOS CHAPULINES

DEL EDITOR… ALFREDO ARNOLD MORALES

CHIVAEMPLUMADA@HOTMAIL.COM

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La palabra “chapulín” viene del náhuatl y significa
“insecto que brinca como pelota de hule”. Es una
especie nativa de México, lo cual podría explicar su
estrecha analogía con la política mexicana.
En se acepción política, chapulín se aplica al funcionario
que tiene la mala costumbre de brincar de un puesto
a otro, a veces sin siquiera concluir el periodo para el que
había sido elegido. Por ejemplo, alcaldes que renuncian
antes del tercer año para postularse como diputados;
senadores que abandonan la curul antes del sexto año
para buscar la gubernatura, etcétera. Pero siempre, con la
anuencia y el apoyo de su partido.
Hoy, en cambio, estamos frente a una práctica impúdica
y escandalosa, que consiste en el abandono de cargos,
cambio de militancia partidista y adopción de nuevas
convicciones (si acaso las hubiera) con el único fin de
seguir viviendo del presupuesto “donde sea y como sea”.
Excepcionalmente hubo algo de esto en el pasado,
pero jamás se había registrado con la intensidad que está
ocurriendo en el actual proceso electoral. ¿Ejemplos?:
senadores del PRD se fueron en bloque al PT; distinguidas
panistas como Margarita Zavala, Tatiana Clouthier y
Gabriela Cuevas se refugiaron en otros bandos; el “Jaguar
Negro” Eduardo Ramírez, presidente del Partido Verde en
Chiapas y 14 diputados renunciaron a su militancia; influyentes
personajes del PAN, como Javier Lozano, Julio
Di-Bella y hasta Vicente Fox, están en campaña pro PRI.
Además, se crearon alianzas locas como la del PAN-PRD
y la de Morena-PT-PES… ¡La lista es interminable!
Esto que sucede en la elite política nos tiene sorprendidos,
indignados y confusos a los ciudadanos del montón,
pero tal vez no hemos caído en cuenta que, en casi
todos los ámbitos de la sociedad, cada vez hay (habemos,
corrijo) más chapulines. Por ejemplo, aumenta el número
de casados que cambian de cónyuge; enamorados
que cambian de pareja; fieles que abandonan la Iglesia
para afiliarse a otra; muchachos que cambian (o intentan
cambiar) de sexo; estudiantes que, por puro gusto, andan
de escuela en escuela; ídolos deportivos que se enrolan
en el equipo rival; universitarios que cambian de carrera;
trabajadores que brincan de una empresa a otra… y así
por el estilo.
Sin afán de disculpar a los políticos chapulines (o
chapulines políticos), hay que reconocer que ya se acabó el
compromiso a largo plazo, el amor a la camiseta. Vivimos en
un estado de insatisfacción permanente. Picamos aquí y allá.
¿Será que los mexicanos somos chapulines por naturaleza?

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