SOBRE LA PATERIDAD

MIRADOR: SALVADOR ECHEAGARAY

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Todos identificamos a la madre como uno de los seres de más importancia en nuestra vida, pues sin ella no tendríamos eso, vida. Por lo tanto, la trascendencia de ese querido ser es transmitir la vida.

Pero no es esa toda su importancia de la madre, pues si el dar vida es de por sí un acto maravilloso, el siguiente no lo es menos: mantener la vida. Y aquí también la presencia de la madre es fundamental.La madre produce en su cuerpo la leche que hará posible que su hijo se nutra. Después de la leche materna vendrán otros alimentos.

Ese nuevo ser no sólo necesita nutrientes; requiere de vestido, protección, cariño, etcétera. De ahí que es necesario que la madre ayude a que su hijo reciba esos insumos. “Jamás en la vida encontraréis ternura mejor y más desinteresada que la de vuestra madre”, dijo Honorato de Balzac, escritor francés.

Y debe continuar con el trabajo que implica ser madre: participar en la educación, conducir a su hijo hacia estados de virtud. La virtud significa buenos hábitos.

Educar viene del latín educere, que significa sacar algo y se infiere que de la educación se saque lo mejor que puede darse de la persona. Lo que la madre inculque en los primeros años de vida del hijo, lo fijarán para siempre. Bien dijo Napoleón: “El porvenir de un hijo es siempre obra de su madre”.

Así que la madre lleva un papel de suma importancia en la educación de la persona. Quien está educado, tiene buenos hábitos tales como el orden, la responsabilidad, la veracidad, la estudiosidad, el respeto, la amabilidad, etcétera, etcétera. Por el contrario, quien no está educado, tiene muchos vicios.La responsabilidad de ser madre nunca termina.

Ya hablamos de la madre, ¿qué podemos decir del padre? Obvio que la mujer por sí sola no puede concebir, necesita la semilla del padre. Éste, fecunda a la mujer y siembra su semilla para que dé fruto. La mujer cobijará la semilla que crecerá en ella. En esto reside en gran parte la grandeza de la paternidad, pues nos hacemos co-creadores de vida, junto con Dios.

Así que el padre debe ayudar a proteger a esa nueva vida que se está gestando en el vientre de su mujer. Debe proveer lo necesario para que ella y su vástago tengan comida, techo, cuidados, atenciones, etcétera y no se malogre ese nuevo ser humano. Qué importancia tiene este hecho, que hasta el controvertido Freud dijo: “No puedo pensar en ninguna necesidad en la infancia tan fuerte como la necesidad de la protección de un padre”.

Ya nacido su hijo o hija, el padre debe seguir acompañando en esa labor de nutrición que dará la madre a su fruto, siendo el principal proveedor de lo que la madre necesita para a su vez dar al hijo.

También el padre debe ser garante del amor que da la madre a su hijo, así como de los cuidados de ésta a su vástago.

Y no sólo eso: el padre debe también asistir, apoyar y educar a su hijo respaldando los valores que la madre le inculque al nuevo ser. Pues como señaló el poeta inglés George Herbert: “Un padre vale por cien maestros”.

Lo más valioso que un padre y una madre pueden dar a sus hijos es el amor. ¿Y qué tanto amor deben dar? Bien lo dijo San Agustín: “La medida del amor, es el amor sin medida”.

El amor va implícito en el dar, pues el amor es donación constante de lo mejor de uno mismo, y así se expresó el novelista canadiense Denis Lord: “Un padre no es el que da la vida, eso sería demasiado fácil, un padre es el que da el amor”.

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