REGRESAR AL PROTECCIONISMO O SEGUIR CON LA GLOBALIZACIÓN: HE AHÍ EL DILEMA

DEL EDITOR… ALFREDO ARNOLD MORALES

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La recomposición de la economía mundial está en marcha.

Hace tres décadas surgió con fuerza arrolladora el fenómeno de la globalización. Justo con la desintegración geopolítica de la Unión Soviética empezaron a delinearse las nuevas alianzas comerciales entre países y entre corporaciones empresariales. Se pusieron de moda los tratados comerciales internacionales y la fusión de empresas. Una de las joyas de este proceso fue la consolidación de la Unión Europea y su indiscutible estandarte: el Euro. Acá en América el producto milagroso de la globalización fue el Tratado de Libre Comercio de América del Norte.

No fue un proceso terso. Cientos de analistas se declararon en contra e incluso vaticinaron su fracaso. Se advirtió sobre la pérdida de identidad de las naciones y el debilitamiento de sus gobiernos a causa de los tratados extrafronteras.

Sin ir muy lejos, la firma del TLCAN resultó traumática para México. El presidente Salinas fue duramente criticado por haber suscrito ese tratado que, por cierto, provocó el levantamiento del Ejército Zapatista de Liberación Nacional (EZLN), un dolor de cabeza no sólo para Salinas sino también para su sucesor Ernesto Zedillo, incluso a Vicente Fox le tocó un cachito.

Pese a los opositores, la globalización avanzó implacable y pronto se hicieron palpables sus bondades. En México detonó el boom de la inversión directa extranjera, aumentó el empleo, se multiplicó la movilidad laboral, estudiantil y turística; a los consumidores nos hizo feliz la llegada de tiendas de ropa, comida, moda, autos, aparatos electrónicos, tecnología digital, opciones de televisión, etcétera, procedente de todo el mundo. Se fortaleció la industria maquiladora y de pronto nos convertimos en potencia exportadora no sólo de mango, piña, camarón, huevo, aguacate y petróleo crudo sino también –¡quién lo creyera!–de automóviles y productos de alta tecnología.

Hoy nos preocupa, más bien nos tiene apanicados la amenaza del Presidente de Estados Unidos de cambiar las reglas del juego. Para ellos como país la globalización no ha resultado tan productiva, aunque sin lugar a dudas sí ha sido formidable para sus empresas. Ejemplo: Walmart. Incluso la industria automotriz norteamericana ha salido beneficiada de la globalización. Es cierto que perdieron muchos empleos en Detroit, pero no menos cierto es que las compañías americanas estaban en picada hace años y se salvaron mediante alianzas con las compañías japonesas. El automóvil grandote y lujoso (¿se acuerdan del Cadillac, Lincoln, Pontiac, Buick o Mercury?) que aún era codiciado en los años setenta, perdió competitividad frente a los motores asiáticos.

Por si alguien ignora o no recuerda aquello que ocurrió hace no tantos años, ahí está el testimonio de Lee Iacocca quien documentó magistralmente la transición que salvó de la quiebra a los fabricantes de autos norteamericanos. La globalización fue, más tarde, un segundo paso del que también resultaron muy beneficiados tanto los dueños de las marcas como los consumidores norteamericanos. Nadie duda que hoy mismo se pueda fabricar en Estados Unidos un auto cien por ciento norteamericano, pero resultaría uno de los más caros del mundo.

Estados Unidos no se puede salir de la globalización, pero le urge fortalecer su economía. Apoyar a los fabricantes, aun con prácticas dumping, resultaría en perjuicio de los consumidores: producción contra mercado, ese es el gran reto para Donald Trump.

La economía mundial anda en busca de una nueva alternativa. Es difícil pronosticar hacia dónde se moverá, pero una cosa sí es segura: la globalización no retrocederá ni con el Brexit ni con Trump ya que está plenamente incrustada en el ADN del mundo contemporáneo.

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