REBELIÓN EN LA GRANJA

MIRADOR... SALVADOR ECHEAGARAY

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Imagine, estimado lector, a un grupo de cerdos, erguidos, bien trajeados, con ropita fina, gobernando a un país. ¿Qué le parecería? De locos, ¿no? Pero, permítame explicarle:

Es en el libro “La Rebelión en la Granja” de George Orwell (prolífico escritor británico del siglo pasado), donde un grupo de animales se rebela contra la autoridad humana. Se les hizo creer que el humano sólo se aprovechaba del trabajo animal y poco hacía para contribuir al bienestar. Así, los animales de la granja se proponen tomar el poder para implantar un régimen más igualitario. Un día en que Jones, el administrador de la granja se emborracha, es reemplazado.

Es cuando los animales empiezan a construir su nueva vida. Pronto surgen los líderes. Los cerdos se constituyen en los dirigentes de las distintas especies. Todo transcurría perfectamente cuando Snow Ball, un cerdo hábil e inteligente, propone que se construya un molino de viento. Napoleón, un cerdo holgazán, no estaba de acuerdo e incita a su ejército de perros a imponerse por la fuerza; toma el control de la granja y establece una dictadura contra todos.

Los animales que creían que con el hombre estaban mal, ahora, bajo la suela del zapato de los cerdos, su suerte no era mejor.

Los cerdos destruyeron todas las reglas que se habían propuesto, entre otras la de no vivir como lo hacían los hombres, despreciarían los placeres, el lujo y los vicios, pero terminaron haciendo lo mismo que los humanos.

“La Rebelión en la Granja” podría tener muchas analogías con pasajes históricos reales de nuestro país y de otras naciones. Uno de esos episodios podría ser la Revolución Mexicana, cuyos postulados de sufragio efectivo, no reelección y tierra y libertad, además de la Constitución de 1917, enarbolados para desterrar las injusticias del porfiriato, para establecer un régimen de igualdad, prosperidad y justicia social que elevaría el estatus de México entre las naciones del mundo, terminó siendo una descarnada lucha por el poder, de abusos, traiciones y crímenes entre los caudillos. Y después de más de cien años, más de 50 millones de mexicanos aún no pueden afirmar que estén mejor que los pobres de la Revolución.

Cambia el poder, como en la granja ficticia de Orwell, pero la sociedad no mejora. El bienestar económico es para unos cuantos; los beneficios de la democracia son usufructuados por políticos sinvergüenzas; se crean millones de empleos “formales” a cambio de salarios de hambre; se presume una paz salpicada con la sangre de miles de asesinatos.

Los animales de la granja no resultaron ser mejores administradores que los humanos. De hecho, superaron los índices de la delincuencia, no aplicaron la justicia, permitieron (y fomentaron) la corrupción, robaron al erario, tranzaron, despilfarraron… resultaron peores que los hombres.

Valdría la pena que hoy, cuando miles de ciudadanos; muchos de ellos a través de los partidos y otros por la vía independiente, buscan el voto para ejercer el poder en cada rincón del país, en las curules, en los organismos no gubernamentales y en cientos de posiciones de mando, midan sus palabras cuando volteen hacia atrás para señalar lo malo y prometan que, con ellos al frente, nos espera un futuro glorioso.

La política se ha degradado a tal nivel que se advierte en los discursos, en las acciones, en la mirada, la codicia de poder, de fama y riqueza fácil y sin límites.

Lamentablemente, nosotros como sociedad no estamos lejos de convertirnos en cerdos si en nuestra pequeña área de influencia no hacemos algo por mejorar nuestro país.No permitamos que nos sigan quitando impunemente la administración de la granja.

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