NO HAY PLAN “B”; ES VITAL UN ACUERDO EN EL TLCAN

DEL EDITOR… ALFREDO ARNOLD MORALES

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Entre las múltiples mediciones que realiza el INEGI, algunas de carácter legal y muchas otras de tipo académico o simplemente de interés general sobre temas muy específicos, por ejemplo, el uso del internet, también le toma el pulso alas “percepciones” de la sociedad, o lo que es lo mismo, el estado de ánimo de los mexicanos. Por ejemplo, mide la percepción de los empresarios sobre el futuro de la economía o la percepción sobre la inseguridad en diferentes entidades de la república.

No es lo mismo cuantificar hechos, como sería la estadística sobre delitos cometidos en determinada región, que registrar la percepción social. Esta, es un efecto de la opinión pública: lo que la gente piensa sobre un determinado fenómeno aunque no haya estado en contacto directo con él.Muchas veces no coincide la realidad con lo que la gente piensa o siente. Por ejemplo, en la encuesta más reciente sobre percepción de inseguridad, Tabasco aparece como el número uno a pesar de que Tabasco no es el estado más violento del país.

Pese a la subjetividad de la expresión de la opinión pública, sería muy interesante que el instituto midiera la percepción de los ciudadanos acerca de la renegociación del TLCAN. Seguramente veríamos los resultados representados en una curva ascendente que llega a un tope y luego se comienza a desplomar. En efecto, la percepción estaba en su peor nivel cuando hizo sus primeras declaraciones el entonces recién electo presidente Trump,luego fue subiendo a medida que se desarrollaban las tres primerasrondas de renegociación, pero en las últimas semanas volvió a caer debido a las agrias declaraciones de Robert Lighthizer e Ildefonso Guajardo, incluso de Donald Trump, tras la cuarta ronda.

Lamentablemente, una percepción negativa no se queda en el puro estado anímico (ni siquiera eso sería bueno), sino que conduce a acciones colectivas que sí producen afectaciones tangibles, como por ejemplo la devaluación del peso, la especulación, la caída de los mercados financieros, etcétera.

Así ha venido ocurriendo con el tema del TLCAN. El gobierno mexicano trata de inyectar tranquilidad a la opinión pública diciendo que un posible rompimiento del Tratado no sería catastrófico para nuestra economía. Incluso las cúpulas empresariales, como la Concamin, por conducto de su presidente Manuel Herrera, aseguró que México dispone de varias salidas si el tratado comercial entre Canadá, Estados Unidos y México llegara a cancelarse.

Lamentablemente, la ruptura sí sería catastrófica para la economía mexicana. El TLC transformó por completo a nuestro país. El cambio ya era patente en apenas sus primeros cinco años. Refiere Enrique Krauze que, “como efecto del TLC, la composición de las exportaciones cambió de un 79% de petróleo, 15% de manufacturas y 6% de productos agrícolas, a 8% de petróleo, 88% de manufacturas y 4% de productos agrícolas en 1999”. Básicamente, el México petrolero se convirtió en México manufacturero.

¿Qué podría sustituir hoy la exportación de manufacturas si se cayó el negocio del petróleo?… nada podría sustituirla.

Ya no tenemos petróleo para exportar como antes. Y si Estados Unidos no nos comprara autos, refrigeradores, aires acondicionados, televisores, computadoras, celulares, chips, etcétera, en los volúmenes que lo hace, ¿a quién le venderíamos?… ¿A China?… por supuesto que no.

O seguimos en el TLC, o retrocedemos 20 años para volver a empezar.

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