MONOPOLIO CONTRA LAS ENERGÍAS LIMPIAS

POR RUBÉN ÍÑIGUEZ

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El Presidente López Obrador parece que no acepta las energías limpias por el hecho de ser generadas por el sector privado. Con ello se cierra el camino a los generadores eólicos, al aprovechamiento solar, hidroeléctrico y a otros métodos limpios, pero en particular, a la generación de energía por parte de empresarios.

A decir verdad, un serio pecado tienen estos neoliberales sin remedio, sus empresas son más efectivas en un 85 por ciento que la generación similar por la Comisión Federal de Electricidad, que sigue siendo ineficiente.

México, sin observar sus acuerdos internacionales, como el Pacto de Kyoto, Japón para el desarrollo de técnicas que no contaminen, optará por quemar el combustóleo, desecho de la refinación, aunque el aire y la tierra lo paguen.

De manera sorpresiva se dio el golpe el pasado fin de semana. Por eso AMLO sostiene a Bartlett que le repite la consigna de la estatización como modelo de defensa de una soberanía que otros países dejaron atrás en el siglo pasado por inoperante y costosa.

El rechazo a los privados es incongruente, injustificable del Presidente de un país en recesión, que pretende neutralizar a los generadores de energía eléctrica, que son los que permiten a la CFE cumplir con el abasto necesario. Ahora los energéticos deben ser generados por el gobierno, sino, son reprobables.

El regreso del monopolio, entendido como soberanía y rectoría económica del Estado, ofrece que tanto Pemex como CFE se conviertan en verdugos de la infraestructura que había comenzado a desarrollarse en diversos sectores, incluso en el Ejército que tiene generación de energía eólica en Oaxaca.

Esto va a generar problemas internacionales como ya los creó Manuel Bartlett en el asunto de los gasoductos que traen gas para generar energía, y que fue necesaria la intervención de Donald Trump para que el Gobierno de AMLO enmendara los errores. Alemania, Francia, Italia, España, Canadá, Gran Bretaña, Suecia y Finlandia, pidieron aMéxico, por medio de sus embajadores, que no emitiera el decreto del monopolio de la CFE.

Una vez más, esto desalienta y genera desconfianza para la inversión. Si las empresas de inversión extranjera, a las que hay que sumar las de Japón, llegan a demandar en los tribunales internacionales, de poco va a servir la maniobra de Bartlett y se consumirán recursos valiosos en satisfacer pagos extranjeros innecesarios en plena depresión económica.

Le va a costar mucho dinero al país suprimir algo que ya funciona y surgirá el riesgo de desabasto de energía eléctrica en el Sureste, en la Riviera Maya y sus los centros industriales.

Lo otro, es que será más cara la electricidad, ya que los usuarios tendremos que subsidiar a ese monstruo ineficiente que es la CFE. Recuerde usted que cuando Telmex era monopolio estatal, el servicio era caro, malo, obligado a financiarse comprando bonos y se tardaban dos meses en instalar una línea urbana. La privatización y la competencia transformaron a esa empresa y ahora los mexicanos podemos elegir entre distintas opciones.

En pleno siglo XXI México retorna a las prácticas perjudiciales para el medio ambiente, como en el siglo anterior en que Pemex dañó selvas, ríos y mares con derrames, con desechos tóxicos y en ocasiones en lamentables accidentes de escala mundial, todo ello envuelto en la impunidad.

Hoy se exige mano dura contra empresas como Peñoles, en minería, por su negligencia en accidentes ecológicos; han sido sancionados y obligados a reparar los daños, pero eso no aplica para Pemex, la empresa más dañina para el medio ambiente.

Improductividad, corrupción, manipulación del mercado, combate a las empresas privadas, solamente pueden ser parte de un plan perverso que nos acerca a las consignas de convertir a México en otro país bolivariano en ruinas y sometido por una mafia del poder que dice ser la Cuarta Transformación. Por ello no necesitaremos más de un par de zapatos como única posesión particular en esa nueva era.

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