MOLDE PRIÍSTA

DEL EDITOR… ALFREDO ARNOLD MORALES

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Se impuso a la grilla interna de su partido, a duras campañas mediáticas en su contra, a la avalancha neopanista, a la violencia desatada en su estado, a la animosidad presidencial… finalmente lo venció la muerte, no sin antes dar una dura batalla a lo largo de 99 años. Antonio Toledo Corro falleció el pasado 6 de julio.

Ahora que el PRI dice que quiere renovarse a fondo, debería voltear hacia la Sinaloa del último tercio del siglo pasado para aprender el verdadero significado del priismo.

Toledo Corro, oriundo de Escuinapa, formado en el trabajo agrícola, pesquero y ganadero, a los 40 años ya era un empresario líder en el mercado de tractores en la región sur de aquel estado. Fue presidente de la Canaco Mazatlán, del Patronato del Carnaval y de un periódico local. Lo convencieron de entrar a la política. Comenzó como diputado local.

Lo siguiente fue la presidencia municipal de Mazatlán (1960-1962). Impulsó a ritmo febril la obra pública, a tal grado que el Presidente López Mateos lo calificó públicamente como “el mejor presidente municipal del país”. Sus bonos estaban por las nubes y puso su mirada en la gubernatura del estado. Ahí vino su primer agarrón y descalabro ya que perdió ante el cosalteco Sánchez Celis. Y no sólo perdió la candidatura, sino que también fue enviado al exilio político a la ciudad de México, pero conservando su residencia en la colonia de Los Pinos en Mazatlán.

Dos décadas tardó en levantar de nuevo su bandera, si bien durante ese tiempo fue diputado federal y secretario de la Reforma Agraria. Era amigo del Presidente López Portillo, quien le dio el visto bueno para lanzarse por segunda vez en busca de la gubernatura de Sinaloa.

Gobernó del 1 de enero de 1981 al 31 de diciembre de 1986. Viajaba de Culiacán a Mazatlán en su avioneta dos o tres veces por semana, construyó el Acuario, la carretera Costera, desarrolló la acuicultura, fomentó la cultura a través de su hija Lourdes, fundó la Universidad de Occidente y los Cobaes (Colegios de Bachilleres). Fue un gobernador-constructor muy activo.

Pero no era monedita de oro. El cambio de gobierno federal no le favoreció. A diferencia de López Portillo, Miguel de la Madrid no simpatizaba con él. Toledo aguantó una durísima campaña mediática realizada en su contra en periódicos nacionales y en el diario opositor de su propia entidad. Salió indemne, no como su par de Chihuahua, Óscar Ornelas, que fue destituido.

Soportó el clima de violencia registrado en el estado durante su mandato y resistió a pie firme la andanada panista que se extendía desde el norte del país. Su lucha contra el PAN en las elecciones intermedias de 1983 fue épica, de poder a poder. Se enfrentó a socios, amigos y parientes ex priistas que habían pasado a engrosar las filas del DHIAC y del partido blanquiazul. Contra viento y marea, ganó.

Tres años más tarde vendría la prueba de fuego: sacar adelante la candidatura de Francisco Labastida Ochoa frente al líder moral de la oposición a nivel nacional, el “Maquío” Clouthier. Las condiciones políticas no eran las más propicias para el PRI, pero Toledo Corro salió del trance con banderas desplegadas.

Con siete décadas de vida sobre sus espaldas, regresó a su rancho Las Cabras para reinsertarse a la actividad empresarial y privada. Pero su influencia estaba vigente, varios políticos encumbrados lo seguían frecuentando. El actual gobernador de Sinaloa, Quirino Ordaz Cóppel, es hijo de uno de los amigos más cercanos de Toledo, Quirino Ordaz Luna, también ya fallecido.

Muchísimo se puede contar de Antonio Toledo Corro y cada quien puede juzgar como quiera su vida polémica, pero no me cabe duda que personajes de ese tamaño y convicción es lo que necesita el PRI para regresar con éxito a la arena política.

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