LA MODERNIDAD

EL FILÓSOFO DE GÜÉMEZ... RAMÓN DURÓN RUIZ (1956-2016)

FILOSOFO2006@PRODIGY.NET.MX

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La modernidad con sus agigantados avances ha permitido que el ser humano cada diez días tenga un invento, que una nueva patente sea registrada, pero, por otra parte, ha construido una sociedad que basada en la economía posterga la espiritualidad, vive en el vértigo de la prisa que nos hace más superficiales, ignorando que rápido no es lo mismo que mejor.

Actualmente el ser humano no tiene tiempo para su familia… mucho menos para ser feliz, para reconciliarse consigo mismo, para encontrar la paz que anida en su interior, para reconocer que en la imperfección es un ser maravilloso.

El mundo moderno va tan rápido, que olvidamos que el secreto de la vida es ser feliz en el aquí y el ahora. El signo de nuestro tiempo es la ligereza, ir a la carrera, la prisa no sólo nos urge sino también nos lastima, a grado tal que cuando nos damos cuenta, hemos envejecido, ignoramos que vivir a la carrera, de prisa, no es vivir… es sobrevivir.

La enfermedad que la modernidad ha traído consigo se llama estrés y sin saberlo va matándonos lentamente, es el resultado de haber omitido darle tiempo al tiempo, abrazar la alegría, vivir la existencia, gozar y disfrutar la fiesta de la vida.

Cierto día un sabio beduino del desierto le dijo a un rico turista: “Ustedes tienen el reloj… nosotros tenemos el tiempo”. La moraleja es profunda, el tiempo sirve para construir tu historia, esa que te dice que estás en esta vida para trascender.

Así que hoy despierta tus sentidos, abandona tu zona cómoda, date tiempo para ti mismo, para encontrarte con tu grandeza, para evolucionar y crecer, para convivir con la gente de tu vida, para soñar, date tiempo para ser feliz, lo demás es tan vano como un billete de tres pesos.

Deja de racionalizar tu vida y date permiso de disfrutar la vida, de ocuparte de tu familia, de que tu salud, tu trabajo y tu vida estén en sano equilibrio.

El filósofo Gabriel Marcel, afirmó: “Propiamente no tenemos un cuerpo; somos nuestro cuerpo”, así que valora el cuerpo físico que habitas, trabaja para honrar su existencia ejercitándolo y alimentándolo sanamente, por ello amorosamente te invito a que encuentres refugio en el mundo espiritual.

Decídete educar a tu espíritu, a que tenga como punto de partida y de llegada a Dios, así encontrarás las señales que marcan tu destino:

Entenderás que cuando eres capaz de armonizar la dimensión física con la espiritual, tu vida funciona a las mil maravillas. Mientras la materia está llamada a crecer y envejecer, el alma está destinada a trascender.

Te serán reveladas cuestiones que la humana razón no logra comprender, irás tan lejos como grande sea tu fe, te darás cuenta que en la vida no hay magia, hay magos (como los que llegaron a Belén) y como tal, trasformarás tu existencia en algo extraordinario.

Sabrás que Dios te hizo único, y cuando seas capaz de escuchar y vibrar en armonía con tu ser interior, llegará una maravillosa autoaceptación, integrarás valores y conducta, sabiendo que no hay en la vida nadie igual a ti, que todo está hecho especialmente a la medida de la grandeza que quieras disfrutar, entonces respetarás la intimidad de tu ser.

Aprenderás que el centro de la vida radica en amar a tu prójimo como a ti mismo, porque la fuerza del amor interconecta tu mundo interior con el exterior, llegará la armonía y una reconfortante paz interior, que logrará hacerte sentir bien contigo mismo y con el mundo que te rodea.

El viejo Filósofo te recuerda que el poder del humor desmitifica los subterfugios que trae la adversidad, desdramatiza la vida porque ayuda a procesar y reír de lo que no se puede negar y acude a la parte espiritual que hay en tu interior.

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Resulta que una pareja reñía agriamente; molesto el esposo llama a la recepción del hotel:

—¡Por favor!, vengan rápido que tengo una discusión con mi vieja y amenaza con saltar por la ventana.

—¡Señor!, –responden de la recepción– ese es un asunto estrictamente personal.

— ¡Sí, ya lo sé! pero la ‘inche ventana no abre y eso ya es… ¡un problema de mantenimiento!

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