LA CRISIS DE MORENA

POR JORGE FERNÁNDEZ MENÉNDEZ

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La crisis de Morena no puede terminar bien. Llama la atención que un partido joven, que ha alcanzado tales cotos de poder, esté enzarzado en una lucha interna tan virulenta, tan dura, con posiciones tan antagónicas en donde, incluso, lo que parece ser la única razón de ser del movimiento reconvertido en partido, la convergencia en torno a Andrés Manuel López Obrador, esté por momentos siendo ignorada.

El presidente López Obrador ha dicho que no se quiere involucrar en el proceso interno de su partido, pero ya lo había hecho: había propuesto que la nueva dirigencia nacional se eligiera con base en una encuesta y a partir de allí se podría reconstruir un partido que, al día de hoy, no funciona plenamente como tal. El Presidente asombrosamente fue ignorado.

En Morena no se sabe cuántos militantes y afiliados hay, quiénes son, están en disputa las dirigencias estatales y distritales, nadie sabe con exactitud cuántos delegados se necesitan para convocar un congreso, los órganos internos se disputan su propia representatividad y a todo esto hay en juego nada menos que 1,760 millones de pesos que son la prerrogativas que recibirá este año Morena del Instituto Nacional Electoral, una cifra que por lo menos se duplicará para el año próximo con las elecciones intermedias y de 17 gubernaturas.

La disputa es por la dirección, porque eso da acceso al dinero y a la designación de los candidatos a puestos de elección popular, en una elección que determinará, en muy buena medida, el futuro del gobierno y del país. Morena no puede darse el lujo de llegar a esos comicios dividido, sobre todo en lo local.

Por supuesto que el presidente López Obrador tendrá el voto de calidad para las principales candidaturas, se involucre o no en la batalla interna que se libra en su partido. Pero estamos hablando, también, de centenares de candidaturas de nivel medio y bajo que tendrán que ser decididas por el propio partido, además de una política de alianzas que ya fue difícil de implementar en el 2018 con el PT y el PES y que ahora se antoja mucho más compleja porque, además de esos dos partidos (el PES resucitará con un nuevo registro, lo que lo obligará a ir solo en los comicios federales), se piensa establecer alianzas con el Verde, e incluso se habla, en algunos estados, de alianzas Morena-PRI (y la señal que enviaron los gobernadores del tricolor apoyando la creación del Insabi, luego de su reunión del lunes con el presidente López Obrador podría ser una señal en ese sentido).

La del 2021 será la elección más grande, más complejay probablemente con la mayor cantidad de partidos disputándose 17 gubernaturas, la Cámara de Diputados, numerosos congresos locales y centenares de municipios. Morena es un amplio y exitoso movimiento que se articuló en tornoa López Obrador y su candidatura presidencial, pero en 2021 López Obrador no participará en la boletay las tensiones divergentes estarán a la orden del día.

Es verdad que Morena corre hasta hoy con la suerte de tener una oposición diluida y sin personalidad: el PRI se debate entre ser oposición o buscar una alianza con el poder, el PAN se basa en la fuerza de sus gobernadores, con la dirigencia nacional más débil que ha tenido en décadas; el PRD, o lo que queda de él, intenta desesperadamente reinventarse, aún no sabemos si con éxito; Movimiento Ciudadano tiene apuestas muy concretas en algunos estados del país, como Jalisco y Nuevo León, pero no le alcanza aún como para ser una alternativa nacional.

Los nuevos partidos, por ley, tendrán que ir solos a estos comicios para tratar de refrendar sus registros, lo que pulveriza aún más el posible voto opositor. E, incluso, el INE está en la mira del oficialismo para tratar de restarle autonomía e independencia.

Pero, incluso así Morena no debería confiarse. En un país políticamente tan volátil como el nuestro, los vientos de las preferencias electorales suelen variar con rapidez y el desgaste indudable que ocasiona el poder, incluso el costo que supone no poder llenar las enormes expectativas que generó la victoria de López Obrador ayuda a esa volatilidad. La salida de la crisis de Morena tendrá que pasar por una decisión presidencial. La pregunta es si, profundizada la división y convertida en un pleito no sólo de corrientes, sino también personal, no será demasiado tarde cuando ello ocurra.

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