LA BARCA DE ORO

SARCASMOS... GUILLERMO FÁRBER

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Yo había oído vagamente, en mi adolescencia mahatleca, esta extraordinaria historia de mi paisano patasalada Guillermo HeimpelWicker, quien en su juventud (22 años, ahora cumple 92) culminó con Enrique Braun la proeza de ser los primeros mexicanos en dar la vuelta al mundo por mar, del 2 de julio de 1947 al 14 de mayo de 1950, recorriendo una distancia de 29,897 millas: Acapulco, Hawaii, Tahiti, Bora Bora, Samoa, Fiji, Nueva Caledonia, Brisbane, Timor, Bali, Java, Mauricio, Madagascar, Durban, Ciudad del Cabo, Santa Elena, Recife, Barbados, Martinica, Trinidad, La Guayra, Cartagena, Panamá, El Salvador, Puerto Ángel, Acapulco.

PRÓLOGO:

En el prólogo de su libro-crónica (1954, Ed. Grijalbo, México, puedes encontrar un ejemplar original a 100 en Mercado Libre) sobre esa formidable hazaña, mi tocayo escribió esto (reproduzco sólo los primeros párrafos, que creo bastan para el propósito de este modestísimo homenaje):

CITA:

“Tarde o temprano, en la vida de un individuo brota el deseo profundo de viajar por el mundo y de aventurarse por tierras ignotas y lejanas; pero en la mayoría de las ocasiones esto no es más que un dulce sueño, y como tal pasa, y sólo queda un vago recuerdo.

También en mí empezó este sueño, sólo que fue arraigándose en mi mente con más fuerza cada día.

Para algunas personas, viajar y ver mundo consiste en ir plácidamente sentados a bordo de un rápido aeroplano o de un lujoso trasatlántico, o bien en su propio automóvil; para mí se reducía este placer a hacerlo a bordo de una pequeña embarcación de vela en la cual podría ir a los múltiples lugares exóticos y remotos de los cuales tanto había leído.

Por lo pronto, sólo fue posible seguir soñando y hacer del sueño una cosa más material, para lo cual empecé a instruirme leyendo cuanto libro de navegación y manejo de barcos llegara a mi poder. Así fue naciendo en mí un amor cada vez más grande hacia el mar y todo lo concerniente a él.

Habiendo cumplido la mayoría de edad, no soporté más vivir en la ciudad de México alejado de lo que tanto me atraía, y dejando una fábrica que me había puesto mi papá, y no obstante las súplicas de mi mamá, sabiendo que desde ese instante no contaría yo con la ayuda material de ellos me trasladé al puerto de Acapulco en donde esperaba encontrar algún barco en el cual me pudiera enrolar.

Pasaron algunos meses sin que se presentara la ansiada oportunidad, los días transcurrían lentamente y mis esperanzas iban decayendo.

Sentado a orillas del mar, uno de esos días en que me invadía la tristeza de no poder realizar mis ambiciones, mis ojos, que vagaban por el horizonte, distinguieron la graciosa silueta de una blanca goleta que venía entrando a puerto.

La seguí con la mirada hasta verla llegar al fondeadero del Club de Yates. Era la goleta Countess, de la cual descendió un muchacho de unos veintisiete años, moreno, alto y erguido.

Tuve interés en conocerlo y en hablar con él sobre mi tema favorito, pero pasaron otra vez los días sin que se presentara oportunidad. Un día lo vi en el muelle parado en una pequeña panga, tratando de subir a ella unos pesados tambores de gasolina. Acudí a prestarle ayuda, me invitó a subir a bordo, platicamos varias horas sobre barcos y mar, y así empezó una grande y sincera amistad. Su nombre era Enrique Braun, había comprado la goleta Countess en Nueva York y estaba planeando dar la vuelta al mundo en ella. Empezó por cambiarle el nombre a uno netamente mexicano. Inspirado en la famosa canción, la nombró La Barca de Oro, y se izó en su popa la bandera mexicana.

Y así comenzó la gran aventura que diera a conocer el pabellón mexicano en los lugares más apartados del mundo”.

(Continuará).

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