HAGAMOS QUE LO BUENO SUCEDA

La elección de 2018 definirá no sólo a quien será el nuevo Presidente de México, sino también el futuro del desarrollo para el país

TXT: ARTURO ZAMORA JIMÉNEZ

Senador y Secretario General de la CNOP

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Decíamos hace días, que 2017 estuvo lleno de retos superados más que satisfactoriamente por todos los mexicanos, gracias a que el capital social de nuestro país es la principal fortaleza de la nación. Con esta certeza y plena confianza enfrentaremos los retos de 2018, año axial en la vida de México.

El domingo 1 de julio se celebrarán las elecciones más complejas y trascendentales de nuestra historia contemporánea. Así será por el número de cargos de representación popular en disputa, la concurrencia de nueve elecciones para gobernador y decenas de elecciones locales.

Más que la Presidencia de la República, estarán en juego un proyecto de nación, un orden institucional construido en los últimos lustros y un régimen de libertades y derechos conquistados por los mexicanos a lo largo de décadas.

Se imponen algunas reflexiones sobre el significado de la elección de 2018 y el papel de los actores políticos y de los ciudadanos que participan en este proceso.

La primera es que el proceso electoral es parte de la vida democrática y la normalidad de nuestro régimen constitucional, de modo que la competencia política no debe ser motivo de conflicto o violencia en cualquiera de sus formas, ni pretexto para sembrar odio y encono en la sociedad.

El marco institucional y normativo permite a la ciudadanía informarse y confrontar las distintas propuestas, así como conocer los perfiles políticos y personales de los candidatos, con el propósito de que el día de la elección se exprese la voluntad popular en las urnas y se defina la integración del próximo gobierno.

La segunda reflexión es que, en toda elección, y sobre todo en una de carácter presidencial como corresponde a nuestra forma de gobierno, se define en manos de quién y de qué partido o coalición se deposita el destino de las familias y comunidades, tanto como el futuro de la nación. En otras palabras, esta elección define no sólo quién encabezará el gobierno federal, sino también el programa de desarrollo para México.

La tercera cuestión es que contamos con las instituciones, la normatividad y la experiencia suficientes para que este proceso se desarrolle en completa normalidad y de manera pacífica. Tenemos controles y equilibrios institucionales, una sociedad civil organizada y robusta que vigila el proceso y medios plurales que informan, cuestionan y opinan, de modo que la ciudadanía puede tener confianza y seguridad en cuanto al respeto de su voto.

Hay quienes, de forma irresponsable, y en virtud de que anticipan su fracaso, adelantan un fraude electoral; y ante ello es preciso anteponer la estabilidad y el vigor de nuestras instituciones y, principalmente, su garantía de respeto a la voluntad de la mayoría ciudadana.

De estas reflexiones se desprende la relevancia de reconocer las cualidades y deficiencias de las ofertas políticas que tenemos por delante. Hay dos opciones claras: las que no están preparadas para el gobierno federal, porque sólo reflejan una obsesión personal por el poder; y la alternativa ciudadana de quien sí está preparado, tiene la experiencia y la visión de progreso que México requiere, representada por José Antonio Meade.

De parte del PRI, la ciudadanía puede tener la certeza de que entendemos el significado de la elección y de que junto a un candidato ciudadano impulsamos un proyecto para la gente. Como el propio Meade y su esposa Juana Cuevas lo proponen, no dejemos que lo negativo ni los negativos avancen; hagamos que lo bueno suceda. Porque lo mejor está por venir.

Feliz Año Nuevo a nuestros amables lectores.

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