GUARDIA NACIONAL EN PAÑALES

POR ALFREDO ARNOLD

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La seguridad pública del país enfrenta una crisis inédita, de doble vía; por un lado, aumento de la criminalidad, y por otro, caos en la institución creada para combatirla, la Guardia Nacional.

Hagamos un poquito de historia:

Hace doce años el Presidente Calderón le declaró la guerra al crimen organizado y se apoyó en el Ejército. Obtuvo algunos triunfos como la pacificación de ciudades fronterizas en Baja California y Tamaulipas, así como de Monterrey. Pero el problema no quedó resuelto.

Peña Nieto mantuvo al Ejército en las calles, sin resultados. La criminalidad aumentó.

A fines de 2017 el entonces titular de la Sedena, el general Salvador Cienfuegos, exigió con firmeza que se definiera el marco legal en el que deberían actuar las Fuerzas Armadas, ya que los señalamientos públicos en contra de éstas eran cada vez más incómodos y frecuentes.

El año pasado, el Presidente López Obrador lanzó la iniciativa de crear la Guardia Nacional compuesta por soldados, marinos y policías federales. Hubo polémica por quién estaría al mando de la nueva corporación, un militar o un civil, pero la iniciativa presidencial recibió todo el apoyo al ser aprobada casi por unanimidad en el Congreso federal y en las legislaturas estatales. Las cúpulas empresariales también se congratularon por la creación de la Guardia Nacional.

Lamentablemente, apenas se le asignó su primera misión importante –el resguardo de la frontera sur para reducir el flujo migratorio– quedó en evidencia que la corporación está en pañales, es apenas un concepto; si acaso, un proyecto que comienza a transitar. Carece de recursos, estructura, pero sobre todo de orden. Sus partes sí son funcionales; Ejército, Marina y Policía Federal pueden actuar por separado, pero juntos, por lo que se ve, todavía no.

La Policía Federal reclama que la pusieron en desventaja frente a las Fuerzas Armadas. Eso no lo sabemos, pero sí están fuera de lugar las descalificaciones que el comisionado del Instituto Nacional de Migración y el propio PresidenteLópez Obrador hicieron contra la (ahora incierta) aportación de la policía civil. Eso fue como atizar el fuego en lugar de tratar de apagarlo.

No es hora de recriminarse. La culpa ahora sí que está muy repartida. Aunque con sus asegunes, todos queremos la Guardia Nacional que representa, quizá, la última esperanza para restablecer la paz interna en México.

Lo procedente y urgente es completar el proyecto de la Guardia, que fluya la comunicación entre los altos mandos y se evite cualquier roce o confrontación, así sea verbal, entre Ejército, Marina y Policía Federal. Si fuera necesario, que traigan asesores expertos de España, Japón o de otro país donde este tipo de cuerpos de seguridad sí funcionan.

Hay muchísimo trabajo por hacer, el tiempo apremia y no puede descartarse el riesgo de que policías civiles inconformes se pasen al lado del enemigo, que por cierto se ha de estar riendo a carcajadas ante esta lamentable realidad.

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