EL VALOR DE LA HUMILDAD

EL FILÓSOFO DE GÜÉMEZ... RAMÓN DURÓN RUIZ (1956-2016)

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RAMÓN DURÓN RUIZ (1956-2016)

Cuenta una antigua historia que, cierto día, un sastre visitó a un viejo sabio diciéndole:

–Con los años he ganado una buena reputación por la calidad de mi trabajo. Los nobles de los alrededores me confían sus trajes y los vestidos de su familia. Hoy he recibido el encargo más importante de mi vida. El príncipe en persona escuchó de mí y me solicitó que le cosiera un traje con la seda más fina. Puse los mejores materiales e hice mi mejor esfuerzo. Quería demostrar mi arte, y que este trabajo me abriera las puertas a una vida de éxito y opulencia. Pero cuando le presenté la prenda terminada, comenzó a gritar e insultarme:

“¿Esto es lo mejor que puedes hacer? ¡Es una atrocidad! ¿Quién te enseñó a coser?”.

–Me ordenó que me retirara y arrojó el traje tras de mí. Todo mi capital estaba invertido en esa vestimenta y peor aún, mi reputación ha sido destruida. ¡Nadie volverá a encargarme una prenda luego de esto! No entiendo qué sucedió… ¡es el mejor trabajo que hice en años!

–Vuelve a tu taller –dijo el sabio–, descose una a una las puntadas de la prenda y cóselas exactamente como lo habías hecho antes. Luego llévala al príncipe.

–Pero –protestó el sastre– obtendré el mismo traje. Además, mi estado de ánimo está por los suelos.

–Haz lo que te indico, y Dios te ayudará, –dijo el sabio.

Dos semanas después, lleno de entusiasmo el sastre retornó.

–¡Ha salvado mi vida! Cuando le presenté nuevamente el traje, el rostro del príncipe se iluminó: “¡Es el más hermoso y delicado traje que haya visto!”. Me pagó generosamente y prometió entregarme más trabajo y recomendarme a sus amigos. Pero… ¿cuál es la diferencia entre el primer traje y el segundo?

–El primer traje –explicó el sabio– fue cosido con arrogancia y orgullo. El resultado fue una vestimenta que, aunque técnicamente perfecta, carecía de gracia y belleza porque espiritualmente estaba llena de ego. Sin embargo, la segunda costura fue hecha con humildad y el corazón quebrado, transmitiendo una belleza esencial que provocaba admiración en cada uno que la veía.

Recuerda, querido lector: el ego, la vanidad, el engreimiento, la pedantería no son para ti, porque rompen tu energía vital; por el contrario, trabajar y vivir con humildad, además de crear una armonía espectacular, alinea tus dones y poderes con el universo.

No olvides que los milagros existen, atráelos a tu vida con el poder que genera la humildad. Los hombres triunfadores y grandes, los que hacen y han hecho historia, son humildes, saben que es la mejor manera de traslucir su luz espiritual y de recibir oportunidades y posibilidades que pasan desapercibidas para los demás.

Para Tomás Jefferson, “La humildad es la primera letra del libro de la sabiduría”, y su fuerza ayuda a que tu vida funcione en excelencia, porque te lleva a estar bien contigo mismo, te enseña a construir puentes espirituales, te alinea con el cosmos, conectándote con la prosperidad y la abundancia de bienes y de dones, ocupándote en tu transformación, evolución y crecimiento espiritual.

La humildad es “ese estado de plenitud y equilibrio que todo ser humano anhela como ideal de realización y bienestar y que combina una justa proporción entre lo que se es, lo que se tiene y a lo que se aspira”.

Para los viejos sabios de Güémez el designio de la vida no es el poder o la riqueza, sino a través de la humildad –que sus padres les inculcaron– ser feliz, amar, crecer y dejar a sus hijos raíces profundas y alas fuertes… ¡lo demás llega por añadidura!

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A propósito de humildad; traslúcido, el laborioso jornalero de Güémez llega a su casa y le dice en voz alta a su “vieja”:

–Mi amor, te traje a regalar una lámpara de Aladino.

Ella, con una mirada “pesada” que seca un ajo y hasta un papayo macho, lo recorre con su vista de arriba abajo y le dice: —¿Y pa’ qué chin… quiero una babosada de esas?

–Pa’que seas humilde… y ¡guardes ese genio que tienes!

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