EL CRISTIANISMO

POR JOSÉ ELÍAS ROMERO APIS

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Más allá de creencias religiosas, más allá de la expresión de intensos sentimientos humanos y más allá de interpretaciones políticas coyunturales, es innegable que el cristianismo ha sido, por mucho, el fenómeno más importante de la historia de Occidente.

Desde un punto de vista objetivo, toda manera de ver la vida, la muerte, los seres humanos, el destino, la esperanza, el ser, el poder, el tener, el mejorar, el bienestar y el saber, ha estado determinada, o cuando menos influida, por la doctrina de Cristo, llevada al entendimiento común por San Pablo.

Fustel de Coulanges señala, en su clásica obra La Ciudad Antigua, una de las innovaciones esenciales que el cristianismo trajo a la vida de la humanidad. Hasta antes, todas las creencias eran patrimonio social y religión de Estado. Los dioses antiguos tenían nación y nacionalidad. Reinaban y protegían a su grupo exclusivo. Los ajenos al grupo eran, ineludiblemente, también ajenos a su religión.

Cristo proclama, por primera vez, una religión ecuménica sin distingos grupales, dispuesta para todos y accesible para todos.

Esta transnacionalización de una creencia religiosa constituye también una desestatización, a partir de la cual, los sacerdotes ya no serían servidores del monarca ni el Estado le pondría límites.

Ésta es la primera gran separación entre Iglesia y Estado que, en los orígenes, no se entendió plenamente, por todos los discípulos de Jesús y constituyó el centro de la profunda divergencia entre San Pablo y San Pedro que, de no haberla resuelto éste a favor de aquél, el cristianismo no hubiere pasado de ser más que una modesta secta del judaísmo.

En su Historia de Cristo, señala Giovanni Papini que el cristianismo aporta la innovación de desprenderse de los imperativos formales de la obediencia para adoptar los privilegios esenciales del amor.

Cristo había reducido el Decálogo de Moisés a un código de solamente dos preceptos y no más: amar a Dios y amar al prójimo. Cumplidos éstos, estaría cumplido cualquier código de un millón de preceptos morales. San Pablo lo complementaría diciendo que la obediencia, la rectitud, la generosidad, el sacrificio y hasta el martirio, si no son por amor, son inútiles.

Estas concepciones, aunadas a otras más, tuvieron concreciones prácticas muy diversas. Entre ellas, destaca la obra evangelizadora de la Iglesia, particularmente la impulsada por España a partir del siglo XVI, sin negar que fue título de conquista, cuyas razones quedaron fincadas en el Concilio de Trento.

Allí, el padre Vitoria se refirió a “nuestros hermanos los indios”. Allí se determinó, como aspecto de creencia, compartir con ellos su religión, incorporarlos a la idea de la igualdad de todos ante Dios y colocarlos en el camino de la salvación eterna.

En los aspectos político y social, esta expresión religiosa se tradujo en la legislación de Indias, en la proscripción de la esclavitud de los indígenas, en el mestizaje incluyente y en la presencia de legiones de franciscanos, dominicos y agustinos encabezados por hombres de la talla de Zumárraga, Las Casas, Quiroga, Kino, Serra, Motolinía y cien varones más.

Pero, sobre todo, desde Trento, la Iglesia de Roma, a diferencia de otras iglesias cristianas y de otros credos de Occidente, rechazó la idea de un destino manifiesto e inmutable que escriturara karmáticamente los gozos, los privilegios, las penas o los sufrimientos.

En lugar de ello, postuló la idea de que todos los hombres pueden alcanzar no sólo la salvación eterna, sino los beneficios terrenales de la mejoría, del progreso y del perfeccionamiento y que esto se refiere no sólo a lo espiritual, sino también a lo político, a lo económico y a lo moral.

En esto reside la mayor trascendencia del postulado cristiano en Trento.

Que todos estamos obligados a ayudar a los demás a alcanzar dichos beneficios y a no considerarlo como la responsabilidad exclusiva de cada quien con las consecuencias que a cada uno les acontezca.

Esa fue, como dijo Teilhard de Chardin, la segunda vez que los hombres descubrieron el fuego.

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