EL AVIÓN PRESIDENCIAL

DEL EDITOR… ALFREDO ARNOLD MORALES

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La aviación ha sido, desde hace más de un siglo, una de las fascinaciones de los gobernantes de México, desde don Porfirio hasta el presidente Peña. Se dice que Madero fue el primer presidente del mundo que realizó un vuelo en avión, el 30 de noviembre de 1911.

También existen registros de que Mazatlán fue la primera ciudad bombardeada desde el aire. Esto ocurrió durante la Revolución, el 6 de mayo de 1914 y fue realizado por el piloto Gustavo Salinas, primo de Alberto Salinas Carranza, quien era sobrino de don Venustiano y a quien se le reconoce como fundador de la Fuerza Aérea Mexicana.

El presidente Miguel Alemán bautizó al avión presidencial como “El Mexicano”. Para entonces, ya era común que el Jefe del Ejecutivo viajara con frecuencia al interior del país y al extranjero. El presidente tenía avión, vagón de ferrocarril y barco. Recuerdo de mis tiempos de adolescente el yate presidencial “Sotavento”, que casi todo el tiempo permanecía anclado en la bahía de Acapulco, creo que Germán Valdés Tin Tan compró este elegante navío y lo rebautizó como “Tintavento”.

Durante el gobierno de Miguel de la Madrid se adquirió un Boeing 757 al que se le puso por nombre “Presidente Juárez”, y aunque don Miguel ya no alcanzó a usarlo, sí lo hicieron los siguientes cinco presidentes: Salinas, Zedillo, Fox, Calderón y Peña. Y casi tres décadas más tarde, Felipe Calderón adquirió el actual avión presidencial “José María Morelos y Pavón” que, por cierto, él ya no alcanzó a usar, lo estrenó Peña Nieto el 10 de febrero de 2016.

Viene a cuento lo anterior a raíz de la propuesta del candidato de Morena, López Obrador, de vender el avión presidencial si gana la elección el próximo primero de julio.

El costo real del Boeing 787-8 que utiliza actualmente el Presidente de México no se sabe con precisión. Se manejan cifras distintas en función de la fecha en que se adquirió, las adaptaciones que le hicieron y la fluctuación del peso-dólar durante esos años. La cifra más popular es de 219 millones de dólares, sin duda, mucho dinero.

El “Morelos” está considerado como el mejor avión de América Latina. Sin embargo, es lógico suponer que el Air ForceOne del Presidente de Estados Unidos debe estar mejor equipado, sobre todo en sus dispositivos de seguridad y defensa. Aun así, el presidente Trump ya encargó la construcción de otro avión presidencial.

En algunos países el avión presidencial lo opera una línea aérea comercial como lo hace, por ejemplo, El Vaticano, a través de Alitalia. En otros, el avión pertenece oficialmente a la Fuerza Aérea, como es el caso de Estados Unidos.

¿Es conveniente vender el avión presidencial de México, suponiendo que hubiera quién lo comprara?

Dos razones justifican plenamente la existencia del avión presidencial: seguridad y eficiencia.

En la actualidad, sobre todo en un país líder en tratados comerciales internacionales y miembro de organizaciones multinacionales, como lo es México, el uso del avión resulta obligado para el presidente. Nos viene el recuerdo de Henry Kissinger, quien manejó la política de distensión estadunidense con la URSS y China en los años setenta, para lo cual viajaba “todos los días” de un continente a otro. Se decía que desayunaba muy temprano en Washington, comía en Moscú y cenaba en Pekín. Muchos mandatarios viajan hoy en día al ritmo que lo hacía Kissinger.

Otra razón por la que es conveniente para la Presidencia de la República contar con un avión moderno es que pueden participar en las giras presidenciales miembros del gabinete, legisladores, empresarios, periodistas y otros invitados, sin necesidad de que cada quien consiga por su cuenta los vuelos necesarios. El “Morelos” tiene capacidad para 230 pasajeros.

Finalmente, el avión presidencial es un activo de la nación cuyo costo se negoció hace años y por el que ya se han pagado algunos millones de dólares, por lo que saldría mucho más caro en este momento, sustituirlo que venderlo.

En fin, hay muchas razones para concluir que la propuesta de vender el avión presidencial, no es una buena idea.

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