ECONOMÍA SIN LÁGRIMAS

POR ÁNGEL VERDUGO

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La nueva situación de México en el ranking de la consultoría A.T. Kearney en materia de atracción de Inversión Extranjera Directa muestra lo que ya se perfilaba desde antes pero, de manera más clara desde fines del año 2018. México, debe decirse sin eufemismo alguno, ha debido salir de la lista de los primeros 25 países más atractivos para atraer IED por lo que hemos hecho.

Hoy pues, para todo fin práctico, cosechamos lo que hemos venido sembrando desde hace algunos años; ante esta realidad, no pocos afirmarán que si bien eso es cierto, es con este gobierno cuando la caída ha sido más profunda y rápida. ¿Sirve de consuelo, que no toda la responsabilidad sea de este gobierno? De ninguna manera.

Quienes se han dedicado de manera profesional a la promoción con miras a atraer a México Inversión Extranjera Directa, suelen repetir unas palabras que resumen, objetivamente, la importancia de cuidar la imagen de un país como destino seguro y atractivo para invertir.

Suele, pues, decirse: una buena imagen se construye en años, pero se destruye, a veces, en instantes. Esto, que si bien se dice rápido, no es cabalmente comprendido por los gobernantes y sus funcionarios. Lo que les interesa sobremanera y por encima de todo lo demás, es sacar adelante sus ideas y hacerlas prevalecer sobre todos, y todo.

Ahí sí, este gobierno destaca negativamente ante la visión, al menos, de los cinco gobiernos anteriores. Desde Carlos Salinas no veíamos ni padecíamos un gobierno y un gobernante y sus funcionarios tan opuestos hasta la obsesión enfermiza, no únicamente a la inversión extranjera y a inversionistas del exterior, sino lo peor, a esa actitud absurda por decir lo menos, aúnan una conducta de rechazo a los empresarios en general que parece, en ocasiones, odio personal.

Personajes como Nahle, Bartlett, Romero, Sandoval, Álvarez y Jiménez, entre otros, parecen seres llegados del antepasado; sus ideas y posturas son expresión de lo que en este país se pensaba de los empresarios —nacionales y extranjeros—, allá por los principios de los años setenta del siglo pasado.

Lo de aquellos políticos era —hubiesen sido gobernantes, legisladores, funcionarios o dirigentes partidarios—, un rechazo enfermizo de todo lo que oliera a ajeno al país y la inversión privada. El rechazo a lo de afuera era casi religión; nos ufanábamos de esa baratija de “la unicidad mexicana”. Éramos únicos decían, pues a ningún país nos parecemos.

Hoy, con este gobierno —a diferencia de la visión que era propia dije, de los cinco anteriores—, se vende otra baratija igualmente perversa y dañina como lo fue aquel freno que tanto daño causó y causa: el “Nacionalismo Revolucionario”. Hoy todavía, por absurdo que pudiere parecer, gobierno y gobernante piensan y actúan en pos de lograr un imposible: replicar un pasado idílico el cual, únicamente existe en su mente, anclada ésta en los años sesenta y setenta del siglo pasado.

Hoy, A.T. Kearney nos echa un balde de agua fría y nos coloca —con justa razón—, fuera del grupo de los primeros 25. ¿A ese punto llegaremos o como algunos afirmamos ya, es el principio de la caída? ¡Pobre México!

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