DEL EDITOR… HISTORIAS DE POLICÍAS

POR ARLFREDO ARNOLD

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Uno de mis gustos de viejo es asistir a la serenata de la Banda del Estado de Jalisco, los domingos por la tarde en la Plaza de Armas. Por cierto, la tradición se rompió a raíz de las obras de la Línea 3 del Tren Ligero en el Centro Histórico, ojalá que una vez superada la crisis del Covid-19 volvamos a disfrutar de esos deleites gratuitos.

El caso es que en uno de esos domingos, a un pequeñito como de tres años el viento le arrebató su pelota de plástico, de esas de colores que tienen una liga para hacerla rebotar en la mano, y comenzó a rodar rápidamente. Entonces, un policía se fue tras el juguete; fue divertido porque la pelota se movía de un lado al otro y hasta que se metió a una jardinera logró alcanzarla el uniformado y se la entregó al niño, incluso la anudó en su muñeca para que no se le volviera a escapar. Me parecieron bastante sangrones los papás, que apenas con una mueca más bien que sonrisa, agradecieron la actitud del policía.

Que la lógica nos ayude a evaluar la anécdota. Acudamos al silogismo:

Premisa mayor: Las buenas personas ayudan a los niños.

Premisa menor: Un policía ayudó a un niño.

Conclusión: Los policías son buenas personas.

Claramente advirtió usted el error, la falacia. El razonamiento, en este caso, debe aplicar para un policía en particular, no para todos los policías.

El mismo desarrollo lógico aplicaría para un policía que ataca injustificadamente a una persona. Su acción no se puede extrapolar a “toda la policía” sino a ése en particular.

Los recientes casos de abusos policiacos ocurridos en Minnesota e Ixtlahuacán de los Membrillos (más de tres mil kilómetros entre una y otra ciudad; miles de millones de dólares entre las economías de una y otra) son absolutamente reprobables, pero caen en el terreno de la conducta personal y no necesariamente colectiva. Estoy de acuerdo en que ameritan la protesta pública, pero no una condena general a la corporación a la que pertenecen. Si todos los policías del mundo fueran “brutos”, abusivos y corruptos serían una pandemia peor que el coronavirus. Imagine usted a cuántas personas puede agredir diariamente un policía y multiplique ese número por la cantidad de policías que hay en el mundo. ¡Ni pensarlo!

Ciertamente, no tenemos cuerpos policiacos como la Guardia Suiza del Vaticano ni como los Bobbies de Inglaterra, pero tampoco se puede negar que durante años se han hecho importantes esfuerzos para mejorar nuestras corporaciones. Aquí, por ejemplo, se creó la Academia de Policía, se aplican exámenes de confianza, se les dota de equipamiento adecuado y tienen salarios muy competitivos. La vigilancia es apoyada con cámaras, vehículos terrestres y aéreos y con modernos sistemas de comunicación. Hay casos de éxito, como “el torito” que disminuyó drásticamente el número de accidentes fatales en la ciudad.

Pero eso no basta porque también juegan en contra la presión de la delincuencia, los casos internos de corrupción, mala preparación y también de indiferencia y a veces hostilidad por parte de los ciudadanos.

La seguridad pública es un asunto primordial para la buena marcha de una sociedad; garantizarla, es una de las principales obligaciones del gobierno, pero además cuenta la actitud de la sociedad. Hace falta más cercanía y confianza entre el ciudadano y el policía. No podemos volver a los tiempos de “el sereno de la esquina”, pero sí es posible restaurar la imagen de estos servidores públicos. Y no sólo es posible sino necesario, urgente incluso, por el bien de ellos y de todos.

(Dedicado a Normando, a Landázuri y a muchos policías ejemplares que conozco y aprecio).

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