APRENDER A PERDONAR

POR GUILLERMO GONZÁLEZ ROMÁN

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Es esencial preguntarnos: ¿Qué haría Cristo en mi lugar?

Los que condenan, no se dan cuenta que “El Señor es compasivo y misericordioso, Lento para enojarse y lleno de amor inagotable (Salmo 193,8).

Si no fuera así, no hubiera dejado Jesús el sacramento de la Penitencia: “A quienes les perdonen los pecados, les serán perdonados” (Juan 20,23).

Se le llama sacramento de “la curación” por antonomasia. Plásticamente, es como si nos raspáramos en una rodilla al jugar o en un accidente. Necesitamos curarnos para sanar, estar sanos. Así actúa la Confesión.

Nuestro Señor Jesucristo, jamás, nunca condenó a la pecadora, a Leví, a Zaqueo… ni siquiera a Judas, a quien lo llamó al círculo selecto de sus amigos, los Doce Apóstoles, aun sabiendo que lo iba a traicionar.

A la pecadora: -Mujer, ¿dónde están los que te condenaban? -Se fueron, Señor. -Yo tampoco te condeno. Vete y no peques más (Juan 8,10).

A Leví y Zaqueo: -¿Por qué su maestro come y bebe con recaudadores de impuestos y pecadores? -Los que están sanos no tienen necesidad de médico, sino los que están enfermos; no he venido a llamar a los justos, sino a los pecadores (Marcos 2,16-17).

“Hay más alegría en el Cielo por un pecador que se arrepiente, que por 99 justos que no necesitan arrepentirse” (Lucas 15,7).

Cristo es el Buen Pastor que busca a la “oveja perdida” (Mateo 18,10-14).

El transcurso de esta vida, es un camino de misericordia. Pero, al morir, viene el juicio.

Dios ama al pecador, pero aborrece el pecado. El pecador es su hijo; el pecado es el rompimiento de la Gracia de Dios, el triunfo parcial del enemigo.

El Papa Francisco nos dice y se interpela a sí mismo: “¿Quién soy yo para condenar a una persona, si soy más pecador que ella?”

“Quien esté libre de pecado, que tire la primera piedra” (Juan 8,7).

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