ORIGEN Y DESARROLLO DE LA ROMERÍA A ZAPOPAN

POR PBRO. ARMANDO GONZÁLEZ ESCOTO

CRONISTA DE LA ARQUIDIÓCESIS

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Antiguamente, las fiestas oficiales que tanto el Ayuntamiento tapatío como el Obispado de Guadalajara realizaban para despedir a Nuestra Señora de Zapopan al concluir su visita anual a los templos de la ciudad, consistían en un novenario con predicación, música y fuegos artificiales, concluyendo con una misa solemne en la misma Catedral, y enseguida el traslado procesional de la venerada imagen a la iglesia de Santa Teresa, procesión en la cual participaban todos los gremios, las cofradías, los dos seminarios (el Diocesano y el Jesuita), el Claustro de la Universidad, los Cabildos Civil y Eclesiástico, las autoridades de la Real Audiencia, las órdenes religiosas y el clero secular. Y posteriormente, la mañana del 5 de octubre, dos regidores del Municipio y dos canónigos, trasladaban a la Virgen de regreso a su santuario en un carruaje de los llamados “estufas”.

Pero, muy pronto, este traslado se convirtió en una romería, pues los tapatíos no permitían que la Virgen regresara sola a su santuario. Ya para 1742, el historiador Matías de la Mota Padilla señalaba que el 5 de octubre regresaba la Virgen a su basílica “acompañada por toda la ciudad”. Y con el paso del tiempo fueron añadiéndose danzas, grupos musicales y agrupaciones de fieles a este recorrido, que ya era una verdadera procesión.

De igual manera, desde el principio, la gente quitaba los caballos al carruaje de la Virgen, y lo cargaba en peso por medio de diversos turnos en que todo mundo quería participar. A partir de 1821, y hasta 1864, el Ejército acompañaría este traslado con uniforme de gala. De esta manera, la llevada de la Virgen se convirtió en una festividad tan importante como el día en que la Virgen llegaba a la ciudad, el 13 de junio, y así permaneció hasta la final imposición de las Leyes de Reforma, que prohibían las procesiones públicas, en 1867.

A partir de entonces, la comunidad católica esperaba el carruaje de la Virgen a las afueras de la ciudad; es decir, en la confluencia de las actuales calles de Morelos y Américas. Ya en la madrugada del 5 de octubre se iba congregando la gente, de manera que al llegar el carruaje procedía, como era su costumbre, a cargarlo y llevarlo multitudinariamente hasta Zapopan. La presión del Gobierno para reprimir esta tradición, y la debilidad del arzobispo Pedro Loza y Pardavé (1869-1898), dieron ocasión a diversas medidas para acabar con la tradición. La primera de ellas fue cambiar la ruta del regreso.

Por ese tiempo, para ir a Zapopan había dos caminos, el más amplio y corto era por la “Algodonera”, lo que luego se llamaría la “Carretera vieja”, hoy avenida Américas y suprolongación por Los Colomos, en tanto que el camino largo era por los pueblos de Mezquitán, Atemajac y Zoquipan. Fue así que, sin avisar a la gente, se tomó este camino, pero apenas los habitantes de Mezquitán advirtieron el carruaje en que se llevaba a la Virgen y la intención de hacerlo por esa desusada ruta, obligaron a cocheros y canónigos a regresarse y tomar la ruta tradicional, donde la ciudad aguardaba ya a la Virgen. Como consecuencia de este hecho, a partir del siguiente año se cambió el día del regreso de la Virgen, sin avisar a la comunidad.

Por lo mismo, se suprimió el novenario en la Catedral, pues la imagen de la Virgen podía ser regresada a su santuario desde cualquier otra iglesia, antes del 5 de octubre. Burlada así la devoción de la comunidad, la gente, espontáneamente, decidió seguir haciendo una gran romería el 5 de octubre para agradecer a la Virgen su visita anual. Desde la madrugada de ese día, y por todo su transcurso, numerosas familias en carruajes, cabalgaduras, y sobre todo a pie, harían el mismo recorrido. Esto motivó que en 1895 el Arzobispo referido prohibiera esta Romería, medida que ciertamente no fue acatada.

Muerto Pedro Loza, su sucesor, don Jacinto López y Romo, solamente gobernó diez meses, pues falleció en 1900. Correspondería al arzobispo don José de Jesús Ortiz y Rodríguez corregir esta actitud precedente y restablecer la llevada de la Virgen el 5 de octubre, como era la costumbre, con su previo solemne novenario en la Catedral, y acompañando el propio Arzobispo a la Virgen en su carruaje, hasta el día en que el Señor lo llamó a su Reino. Desde luego que el nuevo Arzobispo, don Francisco Orozco y Jiménez, nada proclive a admitir los atropellos del Gobierno a la libertad religiosa, mantuvo la tradición.

Con ocasión de la persecución religiosa desatada por el presidente Plutarco Elías Calles, y la consecuente suspensión de los cultos en agosto de 1926, la imagen de Nuestra Señora de Zapopan se quedaría en Guadalajara, y solamente reanudaría su visita anual en 1930. La llevada de la Virgen de ese año fue la más participada y expresiva de su época, y es de las primeras romerías de que se guarda una amplia memoria fotográfica.

A partir de ese año, la tradición se restableció y se ha mantenido hasta el presente, variando solamente las fechas de inicio y término, y también la ruta. A este respecto, cabe recordar que la avenida Ávila Camacho se hizo ex profeso para el desarrollo de la llevada de la Virgen, lo cual explica su trazo y su amplitud; fue, de hecho, la primera carretera de ocho carriles que tuvo Jalisco, para comunicar una población muy pequeña entonces, Zapopan, de apenas tres mil habitantes, con Guadalajara. El propio Gobernador, Jesús González Gallo, afirmaría que esa carretera se había realizado, bajo su Gobierno, para fines “no profanos”.

Finalmente, debemos recordar que la “llevada de la Virgen” es fundamentalmente una procesión mariana que da lugar a una gran romería de fieles, y que como procesión mariana sigue siendo la más participada del mundo cristiano.

(Publicado originalmente el 6 de octubre de 2011).

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