EL LIBRE COMERCIO ES LA MEJOR ALTERNATIVA

TXT: JUAN PABLO CASTAÑÓN / PRESIDENTE DEL CONSEJO COORDINADOR EMPRESARIAL

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Desde la firma del TLCAN se crearon 39 millones de empleos en México, Estados Unidos y Canadá.

Una de las desafortunadas lecciones de la historia es que pocas veces aprendemos de ella. El mundo ha vivido diferentes olas de proteccionismo: en los siglos 18, 19 y 20 las políticas que combatieron la integración económica y el libre comercio se tradujeron en rezago tecnológico, monopolios, escasez y pobreza. Hoy, el mundo vive una vez más un impulso por cerrar los mercados, por limitar su creatividad en lugar de fomentarla.

Este resurgimiento del proteccionismo tiene una explicación clara. La baja movilidad social, el estancamiento del ingreso y la persistencia de la pobreza han cuestionado los beneficios de la integración y la apertura, el liberalismo y la democracia. Tanto en países desarrollados como en desarrollo, los discursos políticos que promueven límites a la integración son cada vez más rentables. Sin embargo, los análisis falaces y simplistas, las soluciones mágicas, no sirven para articular estrategias serias o políticas efectivas.

En México, por ejemplo, la eliminación de barreras comerciales y su inserción en la economía global ha traído beneficios importantes. Nos permitió convertirnos en una potencia mundial manufacturera: hoy, somos el cuarto exportador de automóviles. También incrementamos la productividad del campo: actualmente, las exportaciones de hortalizas se multiplicaron más de 4 veces y los productos mexicanos llegan a un mayor número de países.

La inversión extranjera directa también creció, empresas de tecnología de todo el mundo tienen operaciones en México hoy en día. Tanto el sector privado como el público han invertido en innovación –si bien todavía por debajo de nuestro potencial y necesidad– hoy, por ejemplo, Guadalajara es un referente importante para la industria de tecnología. Incluso se le ha llamado el “Silicon Valley” mexicano.

En cambio, países como Venezuela, donde el proteccionismo fue la regla, los resultados económicos han sido desastrosos. En los últimos diez años, se perdieron alrededor de medio millón de empresas y la tasa de desempleo se elevó hasta a un 21%, la más alta de América Latina. Tan sólo en 2016, Venezuela perdió aproximadamente un millón de empleos. Mientras la región crece a 1.2%, Venezuela cae a un ritmo de 6.4% anual.

No podemos ignorar esta nueva lección de la historia.

Mientras el proteccionismo genera cada vez más pobreza, la apertura comercial fomenta el crecimiento económico.

Esto no significa que no reconozcamos las carencias en el modelo liberal, los retos que aún tenemos. A pesar de los beneficios alcanzados, también se ha extendido la desigualdad y aún persiste la pobreza.

Mientras las grandes empresas incrementaron su productividad a una tasa de 5.8% anual, las pequeñas decrecen 6.5%. Mientras que el ingreso creció hasta 40% en las zonas urbanas, en las rurales decreció hasta 27%. Este fenómeno no es exclusivamente mexicano, la desigualdad ha crecido globalmente: ocho personas poseen la misma riqueza que la mitad de la población mundial.

Pero en México tenemos modelos exitosos; y tenemos que observar como en el norte del país, en particular en Nuevo León, el 85% de la población económicamente activa trabaja en empresas formalmente constituidas. En lo largo de la historia en Nuevo León, la población ha ido formalizándose, y la pobreza ha disminuido, con un 20% de su población, muy por debajo –más de la mitad– del promedio nacional.

Por eso sería un error atribuir estas distorsiones al libre mercado. Desde la firma del TLCAN, en la región, el número de empleos aumentó 23%, es decir, se crearon 39 millones de empleos en México, Estados Unidos y Canadá. En ese mismo periodo, nuestras exportaciones manufactureras se multiplicaron por diez. Además, las empresas exportadoras o que cuentan con inversión extranjera directa pagan salarios 30% más altos que las que participan en el resto de la economía mexicana.

El modelo necesita cambiar, transformarse, actualizarse, pero no para eliminar los beneficios de la libre empresa sino para extenderlos, multiplicarlos y permearlos, en todas las ramas de la economía, hacia abajo. El foco no puede ser solamente el crecimiento económico, sino el desarrollo social compartido, a través de la creatividad y la generación de valor. La solución no está en varitas mágicas, sino en educar y capacitar para la productividad, creatividad e innovación; en generar un ecosistema que promueva la inversión; en ser más competitivos y creativos. El punto es desarrollar destrezas y herramientas que nos permitan agregar valor.

El verdadero problema es que no hemos conseguido generar un ambiente propicio para la creación y crecimiento de micro y pequeñas empresas. En nuestro país, 95% de las empresas son pequeñas, sin embargo 53% de ellas tiene un déficit en el acceso a servicios bancarios.

La regulación es tan demandante, que en estas empresas seis de cada diez empleados atienden trámites en lugar de dedicarse a producir, a buscar proveeduría, a nuevos productos, a vender y a cobrar.

Si los empresarios tuviéramos la oportunidad de capitalizar nuestras ventajas comparativas, de incorporar nuevas tecnologías sin importar el tamaño de nuestros negocios, podríamos seguir ofreciendo cada vez mejores productos a menores precios; seríamos capaces de generar cada vez más empleos y mejor remunerados, con tecnología que incorpore innovación para el mercado.

En el Consejo Coordinador Empresarial estamos convencidos de que la apertura comercial es el camino más adecuado para detonar el bienestar de toda la sociedad, para ser incluyentes y ofrecer oportunidades para la gente. Pero para que los beneficios sean equitativos, es indispensable que se acompañe de un crecimiento sostenido de nuestra productividad y competitividad. Necesitamos un mejor ambiente de negocios para generar más riqueza, más valor y esta pueda ser distribuida. Cualquier otra alternativa sólo volverá a recordarnos una historia que ya conocemos, y que fracasó.

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