UNA MALA IDEA

La revocación de mandato ha sido un instrumento utilizado por gobiernos dictatoriales en América Latina

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Hugo Chávez, en 1999, introdujo en la Constitución venezolana la revocación de mandato.

Ciudad de México / Excélsior. Tanto Andrés Manuel López Obrador como Ricardo Anaya se han pronunciado a favor de introducir la figura de revocación de mandato en México. Es difícil que éste sea un tema decisivo en la elección, sin embargo, e independientemente de quién lo haya propuesto primero, la revocación de mandato es una mala idea y aquí intentaré explicar por qué.

La revocación de mandato es un mecanismo de democracia directa a través del cual el electorado puede votar para decidir si algún mandatario debe ser removido de su cargo antes de concluir su periodo original. La idea es simple y, para muchos, persuasiva. Sin embargo, su implementación no es trivial: Por lo general, para activar un referéndum revocatorio se requiere del apoyo de cierto número de ciudadanos en un periodo dado. En caso de prosperar, la revocación suele requerir una tasa mínima de participación electoral para que sus efectos sean vinculantes. Ya sea para detonar como para validar cualquier referéndum, los tribunales tienen que pronunciarse.

Como puede verse, la revocación de mandato es más complicada que organizar una elección general: Se requiere una acción colectiva exitosa para activarlo y, en su caso, ganar un referéndum. ¿Cuál es la mejor forma de implementar este mecanismo? No lo sabemos a ciencia cierta, porque la revocación es una medida poco frecuente en las democracias consolidadas.

Lo que sí sabemos es cómo ha funcionado en figuras similares en América Latina y el diagnóstico es más bien desalentador. En 1999, durante su primer mandato presidencial, Hugo Chávez introdujo con bombo y platillo la revocación de mandato y la reelección. Tras reelegirse, en 2004, la oposición al chavismo logró activar el referéndum revocatorio, pero Chávez lo ganó. Poco después, quienes apoyaron el referéndum fueron perseguidos políticamente. El resto es historia conocida: Chávez fue reelecto tres veces antes de morir.

En 2006, Evo Morales también impulsó una reforma constitucional que le permitiría reelegirse dos veces y, en 2008, ganó un referéndum revocatorio. En 2016 perdió un referéndum que le permitiría reelegirse por tercera vez. Lo perdió, pero, afortunado él, la Corte sentenció que podrá reelegirse indefinidamente.

Las figuras de democracia directa no sólo han sido explotadas por populistas de izquierda. En Colombia, Álvaro Uribe promovió una variante: Activó un referéndum constitucional para poder reelegirse. Lo perdió, pero esto no le impidió a su bancada reformar la Constitución para poder reelegirse en 2006. Lo logró. Sabiéndose popular, en 2010 intentó un nuevo referéndum para intentar reelegirse una tercera vez. En esta ocasión, la Corte invalidó el referéndum y la enmienda constitucional sugerida. Uribe fundó un nuevo partido y sigue siendo senador.

La revocación de mandato es una figura que puede ser explotada tanto por un presidente popular como por la oposición, y cuya calidad o validez es proporcional a la confiabilidad de un sistema político-electoral. Sin embargo, populares o no, los presidentes tienden a buscar reelegirse o ampliar sus poderes si no enfrentan suficientes contrapesos políticos o legales.

La receta es clara: Sobrevender la idea, gobernar con medidas cortoplacistas o espectaculares para ganar un referéndum revocatorio y, de lograrlo, fortalecerse en el Congreso o buscar una reforma que les permita reelegirse o acotar contrapesos. Por otro lado, en caso de perder, siempre puede recurrirse a los Tribunales. El común denominador es claro: Reformar la Constitución para eventualmente beneficiarse uno mismo.

Los sistemas presidenciales ya cuentan con dos medios de control del desempeño de los mandatarios: Se llaman elecciones intermedias o reelección. El primero ya lo tenemos. ¿Queremos abrir la puerta al segundo? Piense bien su respuesta.

EXPERIENCIA LOCAL

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Enrique Alfaro puso de moda este tema cuando era alcalde de Tlajomulco. Lo percibimos como un interesante cuanto valiente ejercicio democrático; la autoridad sometida voluntariamente al escrutinio público; si apruebas, sigues; si no, te vas. Sin embargo, el mismo ejercicio, realizado por los alcaldes de MC en agosto del año pasado, fue decepcionante al alcanzar cifras de aprobación inverosímiles: María Elena Limón, 92%; Uribe, 91%; Lemus, 89%, y Alfaro, 86%. ¿Quién se los iba a creer?

La Revocación de Mandato, propuesta por López Obrador y debatida el domingo pasado por los candidatos, es simplemente inviable: 1) Para hacerla creíble tendría que organizarla el INE, con el consiguiente despilfarro de miles de millones de pesos; 2) Se presta para que la oposición se empecine en destruir la imagen del mandatario antes de cada consulta, y 3) Suponiendo que la respuesta de los ciudadanos fuera “No”, se desencadenaría una catástrofe política, el Presidente tendría que renunciar y… ¿quién y cómo lo va a sustituir, a él y a toda su burocracia?

Si el proceso electoral ya de por sí es tortuoso, complicado, largo y carísimo, imagine usted la pesadilla de hacer consultas federales, estatales y municipales cada dos años. Mejor que el Presidente se preocupe por trabajar bien y medir por su cuenta la temperatura de la opinión pública, no para que renuncie, sino para enderezar el camino cada vez que sea necesario.

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