SUBSIDIARIDAD VS. POPULISMO

Un pueblo no puede prosperar si espera que todo lo haga el gobierno, pero los políticos prometen todo al ciudadano, con tal de ganar su voto

TXT: JUAN JOSÉ RODRÍGUEZ PRATS

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En días recientes sostuve un diálogo con pescadores del municipio de Mezcalapa, en sus criaderos de mojarra tilapia, ubicados en el embalse de la hidroeléctrica de Malpaso. Uno de ellos me dijo que le pagaban cerca de 50,000 pesos al Estado por concepto de impuestos y que no recibían apoyos por esa cantidad. Yo le hice referencia a los diversos servicios que el Estado otorga y que, evidentemente, tienen un costo, pero él concebía el apoyo estatal como entrega directa de recursos para impulsar proyectos productivos.

Una empresaria de Tecpatán me dijo que se le escurrieron las lágrimas al ver en una calle inmensas filas de mujeres que esperaban tres o cuatro horas para recibir 300 pesos del llamado “salario rosa”.

En Pichucalco, los ganaderos celebraron que se quitaran algunos requisitos que, en el afán de impulsar la ganadería, buscaban evitar la venta de novillonas o su sacrificio, una medida que, con el aparente intento de proteger esa actividad, les ocasionaba un enorme daño.

Lo anterior me hace reflexionar en que lo más importante en una campaña política debe consistir en deslindar qué le corresponde hacer al Estado y qué a los particulares.

Un pueblo no puede prosperar si todo lo espera de su gobierno y un gobierno no puede ser eficaz si se entromete en tareas que no le corresponden o asume políticas públicas que deterioran y distorsionan la economía en su conjunto.

La Doctrina Social Cristiana acuñó, bajo el papado de Pío XI, el concepto de subsidiariedad, principio en virtud del cual el Estado ejecuta una labor orientada al bien común, cuando advierte que los particulares no la realizan adecuadamente. Al mismo tiempo, este principio pide al Estado que se abstenga de intervenir ahí donde los grupos o asociaciones más pequeñas puedan bastarse por sí mismas en sus respectivos ámbitos.

Carlos Castillo Peraza la definía como una solidaridad ordenada. El MaquíoClouthier usaba una metáfora: “No sólo deben ser firmes los escalones de arriba, sino también los de abajo”, y Manuel Gómez Morín repetía una y otra vez: “Tanta sociedad como sea posible, tanto Estado como sea necesario”. Ambos, de alguna manera, hacían referencia al subsidium, el soldado que recogía la bandera del caído en la batalla.

A ese ejercicio nos debemos abocar: deslindar el ámbito de los deberes. El mexicano tiende a darle preminencia a los derechos sobre los deberes y los políticos somos responsables de ese padecimiento por nuestra frecuente actitud de prometer y ofrecer todo al ciudadano con tal de ganar su voto.

Efectivamente, se logra ese objetivo, pero al precio de deteriorar la conciencia ciudadana y la responsabilidad individual. Martin Luther King expresó un pensamiento muy breve, pero de gran trascendencia: “No iguales por la igualdad, sino iguales por la libertad”.

No se trata de otorgar recursos a diestra y siniestra pretendiendo con ello suplir carencias, sino de alcanzar una libertad condicionada por la responsabilidad, creando oportunidades para alcanzar el bienestar.

El mal radica desde la misma Constitución, que se explaya en el otorgamiento de derechos (desafortunadamente, letra muerta) que no modifican nuestra incómoda y difícil realidad.

Un ciudadano americano decía que él votaba por quien menos prometía porque era quien menos lo defraudaría. Es momento de replantear muchas de las políticas públicas. La política social ha derivado en populismo, en asistencialismo o aún peor, en burda maniobra para conseguir votos. Es tiempo de que cada quien asuma deberes y la iniciativa debe partir de nuestra clase política.

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