Sistema y democracia: política de principios

POR JUAN JOSÉ RODRÍGUEZ PRATS

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Sistema es un concepto que la política copió de la biología. Se refiere al desempeño de funciones, constituye una serie de elementos que se interrelacionan para alcanzar propósitos.

Está integrado por instituciones, normas escritas y no escritas pero acatadas, procedimientos, costumbres, hábitos… En otras palabras, cada sistema genera una cultura política y viceversa. Es una interdependencia inevitable.

La Revolución Mexicana generó un sistema político, que no es algo menor. No era una democracia ni una dictadura y se le identificó con muchos nombres, quizá el más acertado es el de “presidencialismo autoritario”.

Según Daniel Cosío Villegas, tenía dos elementos: un ejecutivo federal exacerbado en sus atribuciones y un partido hegemónico. Fue concebido como una medida urgente, de carácter transitorio y con fines que cumplió: dar gobernabilidad y estabilidad y a su vez permitir reformas paulatinas que permitieran llegar a la democracia prescrita en nuestra Constitución.

Manuel Gómez Morín escribió: “Pero la democracia es además sistema porque no nos basta enunciar un principio o un anhelo para conjurar una realidad. El principio tiene que encarnar y para que encarne requiere un sistema”.

Ahí está el meollo de nuestra problemática política. El viejo Partido Revolucionario Institucional, con todas sus grandes fallas, cumplió con los fines para los que fue creado. Sin embargo, al arribar a nuestra pervertida democracia se desmanteló ese sistema, pero no se le sustituyó con otro que fuera eficaz.

Esto es, no seguimos el pragmático consejo de Antonio Caso: “No se destruye lo que no se reemplaza”.

Se han creado instituciones para darle sustentabilidad al nuevo sistema. Desafortunadamente, han fracasado. Desde los órganos encargados de transparentar nuestra vida pública, hasta los diseñados para calificar elecciones.

No hay certidumbre de cómo acceder al poder y de cómo ejercerlo, lo cual nos lleva a un serio cuestionamiento de nuestro Estado de derecho.

Hay dos instituciones que, con sus altibajos, han funcionado: el Banco de México y el Partido Acción Nacional. La institución financiera protegió la macroeconomía, permitiendo el desarrollo estabilizador, con excepción del periodo que inicia con la funesta frase de Luis Echeverría de 1973: “Las finanzas se manejan desde Los Pinos”.

Concluye en 1992 con las reformas para fortalecer la autonomía del banco central. Desgraciadamente, hay señales que ponen en riesgo su buen desempeño.

Por lo que se refiere al Partido Acción Nacional, fue una oposición responsable que apoyó reformas trascendentes, dándole preeminencia al interés nacional.

Al llegar al poder, no estuvo a la altura de las expectativas ni fue congruente con su doctrina. Hoy, su deber es inmenso por ser la única opción de real contrapeso a un poder presidencial que amenaza con retornar a las formas más primitivas de ejercerlo.

El “partido de la larga marcha”, como lo denominó Soledad Loaeza, enfrenta una terrible amenaza. Convocado a elegir a la nueva dirigencia, un grupo pretende avasallar a su militancia, usando medios deshonestos y viendo al partido como un auténtico botín.

Defender la institucionalidad del Partido Acción Nacional y propiciar su supervivencia es deber de todos sus miembros, no tan sólo es un caso de lealtad y correspondencia, sino de una altísima obligación con las generaciones de antes, de ahora y del futuro para preservar una trinchera digna de participación ciudadana honesta.

Bien lo decía Luis H. Álvarez: “Invocar los principios para no encarnarlos, así sea en forma limitada, es condenarlos, aunque nunca se realicen”.

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