¿SIRVEN PARA ALGO LAS PLATAFORMASELECTORALES?

Más allá de los proyectos partidistas, el factor humano es fundamental

TXT: JUAN JOSÉ RODRÍGUEZ PRATS

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No creo en las plataformas electorales, me parece un requisito absurdo su registro ante el INE. ¿Cuál es el propósito? ¿Que alguien se encargue de cotejar las políticas públicas y reformas del partido en el poder? Lo dudo.

Cuando los panistas, en 1939, le consultaron a José Vasconcelos sobre sus documentos fundamentales, éste les respondió que ideas se encuentran en todas partes, pero que lo importante son los hombres en los cargos públicos.

El Presidente que más podría resistir un cotejo es Adolfo Ruiz Cortines. Parco en sus promesas, solamente modificó la Constitución para reconocer el voto de la mujer. Sin estridencias ni alharacas, hizo un gobierno honrado. Los conflictos (magisterial, ferrocarrilero y estudiantil) surgidos al final de su sexenio se resolvieron con habilidad política y sin represión. Ideó el desarrollo estabilizador: él mismo manejaba la política y dejó la economía en manos del secretario de Hacienda. López Mateos siguió el mismo esquema. Lázaro Cárdenas gobernó conforme a su Plan Sexenal, sustentado en un principio básico: el Estado cuidaría el interés general. Por lo tanto, si se le concedían más atribuciones, se fortalecía la soberanía y se alcanzaba la justicia social. En el punto 106 del Plan se proponía incorporarle valor al petróleo crudo para lograr una mayor utilidad. El fracaso de la empresa pública es hoy evidente, nunca México ha sido tan dependiente en materia de energía como hoy.

“Consejo vendo, que para mi no tengo”.

REFRÁN ESPAÑOL

Carlos Salinas de Gortari emprendió reformas jamás planteadas en su plataforma electoral: privatización de la banca y de muchos servicios, fin del reparto de la tierra, legalizar relación Iglesia-Estado, incorporación al TLC, modificación a los requisitos para ser Presidente de la República. Cambios de enorme trascendencia, tan benéficos para el país que hoy nadie propone revertirlos. Imaginemos, por un momento, que los funcionarios públicos cumplan rigurosamente con el juramento con el que asumen el cargo: cumplir y hacer cumplir la Constitución y las leyes que de ella emanen. Con ese solo logro, tendríamos el fortalecimiento del Estado de derecho y, evidentemente, gobiernos honestos y responsables.

Antonio Caso sostenía que no se destruye lo que no se reemplaza. Hoy todo mundo ofrece cambios, pero pocos se detienen a diseñar nuevas instituciones. Efectivamente, se procesó a Joaquín Hernández Galicia, pero fue sustituido por Carlos Romero Deschamps. Los mismos trabajadores petroleros creen que fue para peor. Acabó el cacicazgo de Carlos Jonguitud, pero se instaló el de Elba Esther Gordillo. Los cambios son difíciles, ya lo decía Maquiavelo, se afectan intereses y los posibles beneficiados tienen que confiar en promesas. La lucha es dispareja y prevalecen las viejas inercias. Se ha hablado mucho del priista que todos llevamos dentro. Hay una forma de hacer política que sigue prevaleciendo a pesar de las alternancias en el poder. No se distingue la forma en que los partidos gobiernan, inclusive en muchos casos se perciben retrocesos, con un agravante: una opinión pública más enterada, más agresiva y más inconforme.

Tengo en mis manos el libro “¿Y ahora qué? México ante el 2018”. De su lectura percibo que es más fácil el diagnóstico que el remedio. Como bien se ha dicho, para iniciar un cambio debemos conocer con aproximación los problemas. Eso ya lo hemos logrado, mal andaríamos hoy al no admitir nuestra realidad.

A pesar de la crítica por la dependencia de líderes superdotados, el factor humano será fundamental. Hay que analizar a quienes, atrevidamente, levantan la mano para ofrecerse como soluciones. Ahí está el inicio para reencontrar el rumbo.

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