NO SE PUEDE SER JUARISTA Y CARDENISTA AL MISMO TIEMPO

López Obrador es cada vez más inconsistente en sus acciones y declaraciones

TXT: JUAN JOSÉ RODRÍGUEZ PRATS

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El emperador Juliano (siglo IV d.C.) escribió un sabroso relato sobre sus antepasados, donde describió a Julio César, deseoso de poder; a Tiberio, irascible; a Nerón, obsesionado con su lira, y a Augusto como un camaleón ajustándose a las circunstancias.

Andrés Manuel López Obrador es como este último, ante sus cada vez mayores inconsistencias e incongruencias. Siguiendo con la sátira, podríamos decir que “es un chivo en cristalería”. Ya lo he dicho, no se puede ser juarista y cardenista, pues las ideologías de estos presidentes fueron totalmente contrarias.

Benito Juárez era liberal, defensor del ciudadano y de los derechos de propiedad. Lázaro Cárdenas era un estatista, consideraba que únicamente el Estado podía cuidar del interés general.

Juárez se rodeó de lo mejor de su generación, tuvo una enorme sensibilidad para percibir a los mejores de sus contemporáneos y hacerlos sus colaboradores. Cada vez es más evidente que Andrés Manuel López Obrador se rodea de quienes simplemente pueden ser sus subalternos, pero no eficientes servidores públicos.

Esto es fácil de constatar con las designaciones que ha hecho para los cargos de elección popular. Con la de Cuauhtémoc Blanco, por ejemplo, se manifiesta no tan sólo un rampante oportunismo, sino también una enorme irresponsabilidad con el pueblo de Morelos.

López Obrador desprecia al Poder Legislativo, ha mandado como candidatos para integrarlo a quienes ni remotamente tienen un perfil parlamentario. El trato que le dio a la Asamblea Legislativa de la Ciudad de México, siendo jefe de Gobierno, confirma su desprecio a la división de poderes. Sigue los pasos de Luis Echeverría, quien también padecía una obsesiva recurrencia a los héroes nacionales, recordemos que 1972 fue declarado como el año de Benito Juárez.

Otra incongruencia en la personalidad del candidato de Morena es su desprecio por la sociedad civil y su idolatría por el “pueblo bueno”, lo cual denota una actitud autoritaria. Es obvio su rechazo y su desprecio hacia quienes tienen un criterio informado, una opinión fundada en sólidos argumentos. Su afinidad es con el pueblo, susceptible de manipulación y dominio.

Lo primero que cada candidato presidencial debe explicar es cómo debe recuperarse el orden. En cada rincón de México se percibe un profundo desorden, autoridades sin legitimidad que tienen miedo de cumplir y hacer cumplir la ley. Estoy cierto que, de llegar Andrés Manuel López Obrador a la Presidencia de la República, esta situación se agravaría.

“La presidencia no cambia quien eres,revela quién eres, y lo mismo es cierto en una campaña presidencial”.

MICHELLE OBAMA

No es Andrés Manuel una persona que se someta a reglas, a ordenamientos, siempre busca la forma de imponer su voluntad. El orden es un bien público y se puede diferir sobre el diseño de políticas en esta materia, pero sin orden no hay gobernabilidad ni estabilidad política ni mucho menos Estado de derecho.

Se dice fácil, pero lograr en México el imperio de la ley y que los tres poderes, así como los tres órdenes de gobierno, cumplan en plenitud sus deberes, constituye una muy difícil hazaña.

Seguramente Andrés Manuel López Obrador es consciente de sus limitaciones, de su inconsistencia, de su incongruencia y de su ignorancia, por eso rehúye a la confrontación de ideas. Sabe que, en la medida en que la ciudadanía perciba sus debilidades, disminuirá su preferencia electoral, por eso se aferra a preservar lo que hoy las encuestas manifiestan.

Habrá que apostar porque la ciudadanía advierta sus limitaciones y su falta de un auténtico liderazgo para gobernar a México.

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