LA CORRUPCIÓN, FACTOR EN LAS ELECCIONES 2017

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EL EXGOBERNADOR veracruzano Javier Duarte es uno de los grandes pasivos con que cargará el PRI en las elecciones de este año.

México / Excelsior.- México ha cambiado para bien. En el pasado, el gran evento de la semana hubiera sido el discurso del Presidente en el aniversario del PRI. El pasado sábado 4 de marzo, en cambio, observamos a un mandatario tremendamente impopular defendiendo a su gobierno en la sede de su partido. Nada menos y nada más. Se acabaron las épocas del Gran Tlatoani hablando desde la cúspide de la pirámide del poder como si sus palabras fueran divinas. Ahora, en una normalidad democrática, vemos a un Presidente de carne y hueso dar un discurso, más bien mediocre, sin una pizca de autocrítica y sin mencionar el tema que más ha afectado a su partido a lo largo de este sexenio: la corrupción.
Como si no existiera, ni el presidente Peña ni el dirigente nacional del tricolor, Enrique Ochoa, hablaron de los abusos de poder, el dispendio de los dineros públicos, los conflictos de interés, el enriquecimiento inexplicable de gobernantes y el robo en despoblado. En suma, de la corrupción. Lo que vimos ese día fue a un partido político enfermo de cáncer, probablemente terminal, que evita el tema de la enfermedad que lo aqueja.
Tanto Peña como Ochoa optaron por otra narrativa. En su visión, el PRI es el partido que ha modernizado a México y este sexenio no ha sido la excepción. Tienen razón en presumir las reformas estructurales que este gobierno sacó adelante durante sus dos primeros años. Lo que es injusto es criticar las administraciones panistas por no haber hecho nada durante dos sexenios, ya que fue el PRI el partido que, desde la oposición, con su mayoría de votos que tenía en el Congreso, bloqueó las reformas que querían los presidentes Fox y Calderón. Reformas que se hicieron realidad cuando el PRI regresó a Los Pinos y los panistas les dieron sus votos: una postura muy generosa frente a la mezquindad pasada de los priistas.
En la narrativa de Peña, su popularidad es baja porque su gobierno ha sido responsable en tomar decisiones difíciles como las reformas estructurales y la liberación del precio de la gasolina este año. Se equivoca. La impopularidad no viene de ahí. Como demuestran las encuestas, la popularidad presidencial comenzó a bajar en 2014. Primero por la reforma fiscal: a nadie le gusta pagar más impuestos, mucho menos cuando se entera cómo se está abusando de ellos. A finales de ese año, recordemos, comenzaron a salir a la luz pública las muy sospechosas casas de Peña y sus dos secretarios más importantes: de Hacienda y Gobernación.
Cuando en enero de este año el gobierno liberó el precio de la gasolina, tanto Peña como el PRI ya estaban en la lona en las encuestas. Esta medida profundizó más la caída del Presidente y su partido. Es lógico. A nadie le gusta pagar un 36% de impuestos en las gasolinas, mientras que a los presuntos políticos corruptos que se robaron el dinero de los contribuyentes no les pasa nada. Por ejemplo, aquellos que alguna vez el Presidente afirmó que eran la nueva generación de gobernantes priistas que supuestamente habían cambiado: Medina de Nuevo León, Duarte de Veracruz y Borge de Quintana Roo. El primero está siendo procesado, pero en libertad. El segundo está misteriosamente desaparecido. Y el tercero esquía confortablemente en Colorado.
Ese día, Peña calificó de irresponsabilidad fiscal el subsidio a los combustibles durante los gobiernos panistas. Pues eso mismo ocurrió durante los dos primeros años de este sexenio y, para irresponsabilidades, la que realizó este gobierno al acelerar el endeudamiento público derrochándolo en gasto corriente y generando una crisis de finanzas públicas que hace mucho no teníamos en el país.
Frente a sus correligionarios, Peña dijo que, al igual que hace seis años, “están resurgiendo las amenazas que representan la parálisis de la derecha o el salto al vacío de la izquierda demagógica”. En el primer caso, el PRI contribuyó a esta “parálisis” por no haber cooperado con el PAN. Y en cuanto al “salto al vacío”, ya deberían haber encontrado un mejor argumento para enfrentar a López Obrador que andar asustando con el petate del muerto. Para el Presidente, el PRI no es el partido “que patea el bote o nada de a muertito” ni el que “engaña con ilusiones y promueve la división”. Falso.
Durante doce años, el tricolor sí pateó el bote y luego regresó al poder engañando con la idea que habían cambiado. No lo hicieron en un tema que irrita mucho a los mexicanos: la corrupción. Ahora están pagando las consecuencias. El sá- bado 4 de marzo, en su aniversario 88, prefirieron no hablar del cáncer que los aqueja y que el año que entra los podría mandar a un penoso tercer lugar.

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