ENTRE POPULISMO Y PRESIDENCIALISMO

TXT: JUAN JOSÉ RODRÍGUEZ PRATS

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Hace algunos años le pregunté a Sergio García Ramírez, un jurista a quien respeto y aprecio, cuál de los tres poderes ha sido más deficiente en el cumplimiento de sus deberes. Esperaba que me respondiera que era el Poder Judicial, pues nuestra justicia está muy lejos de ser pronta y expedita. O el Poder Legislativo, por sus malas leyes y su pésimo desempeño como contrapeso.

Su respuesta fue diferente: la mayor responsabilidad, dado nuestro sistema presidencial, recae en el Ejecutivo. Tan es así que muchos presidentes se han considerado indispensables y han querido prolongar su poder.

Tal vez las figuras más notables son Antonio López de Santa Anna (gobernó once veces), Benito Juárez (muchos historiadores señalan su reelección en 1871, fraude electoral incluido), Porfirio Díaz (cuyo mayor error pudo haber sido no designar como su sucesor a Bernardo Reyes para cumplir lo dicho en la entrevista con Creelman), Álvaro Obregón (sin duda el más sanguinario de todos ellos, quien quiso reelegirse) y Plutarco Elías Calles (creador del Maximato, mediante la simulación de un sistema político de leyes e instituciones).

Otros presidentes se han resignado a designar sucesor imitando el sistema de la adopción, como califican muchos historiadores al método usado por los emperadores romanos. A Venustiano Carranza,el querer imponer a Ignacio Bonilla, le costó la vida. Desde entonces todos lo han logrado, con excepción de Ernesto Zedillo, quien perdió el entusiasmo, cuando por requisitos partidistas se anularon a dos de sus más posibles prospectos, José Ángel Gurría y Guillermo Ortiz. Existe el mito, sin dar nadie una prueba contundente, que Vicente Fox intentó designar a Santiago Creel. No conozco a ninguno de sus funcionarios que haya recibido tal consigna.

Lo anterior viene a cuento por la coyuntura que México vive, resurge de nuevo la aparente necesidad del hombre indispensable y, desde luego, se corre el riesgo de que resurja el presidencialismo exacerbado, ejerciendo atribuciones que el jurista Jorge Carpizo calificaba como metaconstitucionales.

La diferencia entre el líder que requiere México y el que pudiera surgir con las características señaladas consiste en el respeto a las instituciones y las leyes. Dentro de las muchas deficiencias de nuestra Constitución, una de las más graves es la de no deslindar lo público y lo privado; en otras palabras, lo que la autoridad debe hacer (lo que la ley señala) y lo que los particulares podemos hacer (todo aquello no prohibido por la ley). Este elemento, fundamental en un Estado de derecho, es ambiguo e impreciso en nuestra Carta Magna. El pueblo espera todo de su gobierno porque desde la Constitución misma se señala una serie de derechos de imposible cumplimiento.

Es necesario, para terminar con la idea del hombre indispensable, que el pueblo mexicano deje de esperar del gobierno y de su presidente lo que no pueden dar. La raíz del populismo está precisamente en la imprecisión para deslindar responsabilidades.

Se habla hoy en día de un cambio de régimen y hay quienes inclusive afirman que se requiere un cambio de sistema. Lo que debemos hacer es muy sencillo.

Mi propuesta consiste en una definición más precisa de nuestro régimen presidencial. Se ha hablado mucho de incorporar algunos esquemas del régimen parlamentario, pero en tanto no se mejore la integración de nuestro Poder Legislativo, se incurriría en una serie de reformas que complicarían aún más el desempeño de los tres poderes.

Quedaría por analizar nuestro deficiente federalismo, del cual ya habrá oportunidad de abordar en otra ocasión.

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