COALICIONES ELECTORALES: GANAN, PERO NO GOBIERNAN.

TXT: JUAN JOSÉ RODRÍGUEZ PRATS

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Las alianzas electorales han resultado positivas para obtener triunfos electorales, pero no para hacer buen gobierno. Diego Valadés, quien con mayor dedicación y talento ha estudiado los gobiernos de coalición, afirma que éstos no cancelan la deliberación democrática, sino que más bien la sitúan en un triple plano: al interior del gobierno, al interior de cada una de las partes coaligadas, y entre estas y las restantes fuerzas políticas.

Este connotado jurista nos habla de tres compromisos que buscaron frenar una crisis institucional: el Pacto de Sitges de 1957 en Colombia, el Pacto de Punto Fijo de 1958 en Venezuela y el Pacto del Club Naval de 1984 en Uruguay. Los tres nos dan lecciones importantes.

En México se ha soslayado un pacto fundamental que permitió las reformas que finalmente aceleraron la transición hacia la democracia. Se trata del documento firmado por don Luis H. Álvarez y Abel Vicencio Tovar el 16 de noviembre de 1988. El Partido Acción Nacional no tuvo temor a sentarse entonces con el gobierno, señalado por el gran estigma del fraude electoral de ese año. Ante la inminente toma de posesión de Carlos Salinas de Gortari, Acción Nacional propuso una serie de reformas que legitimaran al poder político ya en su ejercicio. Estaba claro el objetivo: dejar atrás el presidencialismo exacerbado con facultades metaconstitucionales y su partido hegemónico. Sin embargo, no podemos afirmar que hayamos arribado a una buena democracia.

Valadés, en colaboración con Daniel Barceló, realizó un estudio del sistema presidencial mexicano que contiene el anteproyecto de ley del gobierno de coaliciones; esto es, la ley reglamentaria del artículo 89 fracción XVII y del artículo 76 fracción VI de la Constitución. De aprobarse las iniciativas correspondientes, habrá un marco jurídico, pero, como siempre, falta la voluntad política.

Concentrar la atención en alianzas para hacer eficaces a los gobiernos es uno de los temas centrales de la agenda actual. La relación entre poderes y concretamente la del Ejecutivo con el Legislativo es básica. El parlamento es algo más que Poder Legislativo, es poder de control, de rendición de cuentas y de fincamiento de responsabilidades. Ahí radica la mayor falla de nuestra viciada democracia.

Ni el Congreso federal ni los estatales han desempeñado el papel que les corresponde para equilibrar el uso del poder, para hacerlo responsable y para impedir la impunidad. Es inconcebible el nivel de endeudamiento actual, tanto estatal como federal, sin que de las cá- maras hayan surgido voces y leyes para impedir abusos. Nuestras finanzas pú- blicas son opacas. Hay muchos pasivos de cuyo tamaño no tenemos la menor idea, como los fondos de pensiones y las demandas laborales.

LA DEMOCRACIA NO ES NECESARIAMENTE INMORAL, YA QUE A MENUDO PROPONE UN ACUERDO ENTRE PERSONAS QUE QUIEREN COSAS DISTINTAS.

NORMAN MANEA / ESCRITOR RUMANO

Lamentablemente, cuando se han llegado a aprobar normas jurídicas, se hace ante hechos consumados de ya no posible rectificación.

En algunos estados se celebrarán elecciones. Abundan en las campañas enflaquecidos debates donde se ofrece dar todo sin especificar cómo. Los discursos de todos los candidatos, sin excepción, podrían dividirse en dos partes: descalificar al adversario sin importar la veracidad del argumento y anunciar que, de ser favorecido con el voto, una vez asumido el cargo, todas las dificultades serán resueltas. No hay ninguna referencia a políticas públicas viables o cómo se solucionarán los problemas.

No hay política sin cultura. Las campañas electorales deben ser un buen ejercicio para educar a gobernantes y gobernados, para asumir deberes cívicos sin los cuales la democracia no funciona.

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