AUSENCIA DE AUTENTICIDAD Y CONGRUENCIA EN POLÍTICA

TXT: JUAN JOSÉ RODRÍGUEZ PRATS

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Me encanta esta poesía de Mario Benedetti:

 Resumiendo

No somos lo que somos

Ni menos lo que fuimos

Tenemos un desorden en el alma

pero vale la pena sostenerla

con las manos / los ojos / la memoria

Tratemos por lo menos de engañarnos

como si el buen amor fuera la vida.

 Estos versos vienen como anillo al dedo pues nos obligan a vernos a nosotros mismos.

Estamos en un momento de gran vacío del discurso político. La racionalidad es la capacidad de fundamentar los conceptos y las palabras. Esa exigencia es hoy soslayada. Se afirma sin probar, se promete sin mencionar cómo se cumplirá, se insulta descalificando y degradando el debate. Ni siquiera se observan los mínimos requisitos para un posicionamiento político: reflexiones históricas, inteligibilidad, veracidad, verosimilitud, defensa de una verdad, sustentación argumentativa. Urge un ejercicio de humildad, de realismo, de respeto al individuo como ser pensante.

Sorprende la simplificación de las plataformas electorales y la confusión aumenta al cotejarlas. Lo más triste es seguir con esa cultura maniquea, donde unos se ponderan como buenos y califican a los otros como malos. Me agrada la interrogante de Guadalupe Nettel: “¿En qué medida la identificación con un grupo o una causa nos arropa y en qué medida nos convierte en soldados ciegos y sin criterio?”.

Todos hablan de sistemas, regímenes y agotadas formas de gobierno. Difícil definir estos términos porque involucran cultura política, distribución del poder, instituciones, normatividad jurídica. Lo cierto es que nuestro régimen, de acuerdo con el artículo 80, es presidencial: “Se deposita el ejercicio del Supremo Poder Ejecutivo de la Unión en un solo individuo, que se denominaráPresidente de los Estados Unidos Mexicanos”. En este tipo de régimen, a diferencia del parlamentario, hay separación de funciones para ejercer el poder.

“Mis dichos son mis hechos, mis hechos son mis dichos”.

BENITO JUÁREZ

Estamos viendo en Estados Unidos el clásico régimen presidencial, la confrontación permanente Ejecutivo-Legislativo-Judicial que impide abusos, exige rendición de cuentas y finca responsabilidades. En México no hemos tenido independencia de poderes, salvo en escasas etapas. Nuestro presidencialismo ha sido autoritario. El Congreso de la Unión no ha estado a la altura de los reclamos, la Asamblea Legislativa de la Ciudad de México ha sido un desastre por sus pobres resultados y su alto costo. Los congresos locales han sido cómplices de la concentración del poder gubernamental y de su endeudamiento.

Tampoco podemos presumir de un Poder Judicial independiente y justiciero. Por lo tanto, dejemos atrás las palabras rimbombantes y concentrémonos en el buen desempeño de las instituciones.

Los partidos son responsables de la muy mediocre integración de las asambleas parlamentarias. En contraste con otras épocas, no se postulan candidatos con perfil parlamentario, sino que se satisfacen favores y compromisos que han deteriorado notablemente su desempeño.

Por último, se ve a los militantes de un partido como ciudadanos de segunda. Grave que se les otorgue más mérito a personas no comprometidas con los partidos y que por ello se perciben superiores. Es suficiente adjetivar cualquier organización como “ciudadana” para garantizar su credibilidad. Ahora resulta que se les debe dar prioridad a los ciudadanos por encima de los militantes. ¿Los méritos derivados de la militancia cotidiana no deben ser considerados? Cuidado, esos aparentemente puros pueden ser nefastos en el poder. Es preciso terminar con el divorcio entre ciudadanía y política. La democracia es un sistema de virtudes: autenticidad y congruencia, entre otras.

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