Abrazos, no balazos

POR IVÁN ARRAZOLA CORTÉS

Doctor en Ciencia Política

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A la toma de posesión de la gobernadora de Puebla Martha Érika Alonso no asistió el Presidente López Obrador ni envió un representante por parte del Gobierno federal, tampoco asistió a sus funerales después del trágico evento del helicóptero en el que fallecieron ella y el exgobernador y senador Rafael Moreno Valle. Parece que el Jefe de Estado no está dispuesto a dejar su papel de jefe de partido.

“Había un ambiente ex profeso que crearon los conservadores de siempre, no todos, pero una minoría, que actúa de manera muy mezquina. Para no hacerles el juego decidí actuar de manera prudente, no caer en ninguna provocación”, justificó el Presidente. Posiblemente el ambiente no era el más adecuado para acudir debido a los antecedentes conflictivos de la elección poblana, en la que el candidato de Morena se dijo robado, pero esto que sucedió debe hacer reflexionar al Presidente sobre el respeto y el diálogo que debe haber entre los poderes y que, a pesar de las diferencias políticas, se debe establecer una relación colaborativa con las autoridades locales.

En nada conviene al país utilizar el estilo de confrontación que emplea el presidente norteamericano Donald Trump, un estilo de outsider de la política poco versado en protocolo y comunicación que le ha resultado sumamente efectivo, pero que en el caso de López Obrador no aplica.

Otro caso de enfrentamiento institucional fue el Presupuesto de Egresos 2019. El Presidente priorizó los grandes proyectos que había prometido en campaña, como el Tren Maya, las refinerías y los programas sociales. Jalisco se vio afectado con un recorte de más de 8,500 millones de pesos y, ante dicha decisión, el gobernador Enrique Alfaro reclamó que “el mismo Presidente de la República, entonces en campaña, se comprometió a realizar expresamente obras como la Línea 4 al sur de la ciudad de Guadalajara y a privilegiar una agenda responsable en el cuidado del agua para nuestro estado. Le está fallando a su palabra y le está fallando a la gente de Jalisco”.

La misma inconformidad se presentó en otros estados y en diferentes instituciones. Las universidades públicas acusaron un recorte significativo en sus asignaciones presupuestales, lo cual llevó al Presidente a rectificar. Lo principal que observa en estas discusiones es que el partido en el poder, Morena, está utilizando su mayoría en el Congreso para imponer las decisiones que considera prioritarias, con el riesgo de afectar los equilibrios y el desarrollo en los estados y diferentes instituciones. Esto puede ser contraproducente porque puede generar enfrentamientos entre los estados y la Federación. Algunos estados se están beneficiando, otros resultan afectados y lo más preocupante es que ni siquiera hay una intención clara por parte del Gobierno federal de buscar un acuerdo.

Es verdad que algunas acciones impulsadas por el Presidente, como el cierre de Los Pinos como residencia oficial, la cancelación del NAIM, el recorte de plazas federales y la venta del avión presidencial, lo han colocado en un nivel de aceptación de 71% (encuesta realizada por GEA-ISA publicada en diciembre de 2018), sin embargo, este estilo de gobernar puede ser contraproducente ya que alienta la confrontación.

En un escenario hipotético, en el que su partido perdiera las elecciones intermedias, podría ver frenados sus principales proyectos de gobierno además de profundizar la división entre los mexicanos. El factor de unidad que debe ser el Jefe de Estado no se está dando actualmente y se corre el riesgo de que los proyectos del nuevo Gobierno no avancen.

El legado de un presidente se mide por lo que hace y no por lo que dice, por lo que si AMLO quiere dejar huella en el país deberá de trabajar en forma conjunta con las demás fuerzas políticas y ser congruente con su lema de “Abrazos, no balazos”.

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