Maximiliano, su vida por una patria ajena

RELOJ DE LA HISTORIA

EL SEGUNDO EMPERADOR DE MÉXICO NO RESPONDIÓ A LAS EXPECTATIVAS DEL GRUPO CONSERVADOR QUE GESTIONÓ SU VENIDA

POR EUGENIA MIRAS

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El emperador Maximiliano y su esposa la emperatriz Carlota.

Madrid / ABC.- El 19 de junio de 1867 Maximiliano I de México vería por última vez el sol. El emperador de la dinastía Habsburgo había sido condenado a muerte por los liberales, cuyas Leyes de Reforma -las cuales tenían por objetivo separar a la Iglesia del Estado- mantuvo vivas. Y aunque las monarquías europeas suplicaron por su vida, Benito Juárez no retiró la orden de fusilamiento.

El Cerro de las Campanas en Querétaro se tiñó de la sangre del archiduque austríaco y de los generales Miguel Miramón y Tomás Mejía. Y esa misma bala que atravesaría el corazón de Maximiliano -el hombre que entregó a su patria adoptiva, intentando crear un Estado de derecho- puso fin al Segundo Imperio mexicano; triunfando así la República.

(Cuatro décadas antes también había sido fusilado, en Padilla, Tamaulipas, el consumador de la Independencia de México, Agustín de Iturbide, primer emperador de un incipiente y efímero Imperio Mexicano).

“Voy a morir por una causa justa, la de la Independencia y la libertad de México. Que mi sangre selle las desgracias de mi nueva patria. ¡Viva México!”, pronunció Maximiliano segundos antes de ser ejecutado por un escuadrón de siete hombres.

LA EXCUSA DE NAPOLEÓN III

La Segunda Intervención francesa en México aconteció durante el reinado de Napoleón III y se produjo principalmente por dos factores: frenar la expansión estadounidense hacia América y el intento de revivir las viejas glorias del antiguo Imperio francés.

Tras la Guerra de Reforma (1858-1861), donde liberales y conservadores sangraron al país, México se estaba ahogando a causa de la deuda externa. Por esta razón, el victorioso Benito Juárez manifestó el 17 de julio de 1861 la imposibilidad de saldarla.

Napoleón III esperaba revivir las viejas glorias del Imperio francés cuando eligió a Maximiliano para que gobernara México.

Muy alertado, Napoleón III convocó al Imperio británico y a España, también muy afectados económicamente a causa de esa cruenta guerra civil mexicana. Las tres naciones se reunirían en Londres para formar una alianza tripartita, a través de la cual intentarían presionar, aunque sin éxito, al nuevo gobierno de Juárez el pago por las deudas.

En 1862 las tres potencias enviaron expediciones armadas a Veracruz. Tanto España como el Reino Unido comprendieron que México no podía cumplir con la demanda por falta de fondos; y dando media vuelta, retornarían a sus casas. Sin embargo, Napoleón III no aceptó las disculpas del mandatario, así que a modo de excusa decidió intervenir militarmente el país, porque desde luego no había enviado a sus tropas en balde. De esta manera ordenó a sus hombres desplegarse en la república. Para el Emperador aquella circunstancia bien podía significar la resurrección del esplendor napoleónico.

Todo había sido calculado fríamente. Estados Unidos estaba en medio de la Guerra de Secesión -eso impedía enviar refuerzos bélicos al país vecino-; y por lo tanto la vulnerabilidad militar del gobierno de Juárez se acentuaba a favor de los franceses. Y los conservadores monárquicos mexicanos, que habían pedido ayuda a Francia para la restauración de sus viejos privilegios se pusieron al servicio de las tropas de Napoleón III para vencer a los liberales.

Y aunque el Ejército mexicano derrotaría con honor a las fuerzas del Emperador durante la batalla de Puebla el 5 de mayo de 1862, no pudieron resistir al último despliegue, entregando finalmente la plaza el 17 de ese mismo mes.

No obstante, Juárez y su gabinete huyeron hacia San Luis Potosí, y estarían viajando hasta el fusilamiento de Maximiliano I de México.

MAXIMILIANO, “EL ELEGIDO”

Los conservadores querían un soberano de “sangre azul”, a diferencia de Agustín de Iturbide, y como Napoleón III quería estrechar sus lazos con Austria pensó en el hermano del emperador Francisco José, el archiduque Maximiliano de Habsburgo, como el mejor de todos los candidatos de la aristocracia europea.

“Los monárquicos mexicanos consideraron a Maximiliano como la persona ideal para salvaguardar sus intereses: era un príncipe católico joven, casado con una hija del rey Leopoldo de Bélgica, nación también católica y de gran influencia en la política internacional. Por ello, confiaban en que los archiduques restituyeran al clero mexicano los privilegios que el liberalismo juarista les había quitado”, explica la antropóloga Gloria M. Delgado de Cantú en su libro Historia de México, legado histórico y pasado reciente (Pearson Educación, 2004).

Como Veracruz era el epicentro de la organización liberal, no sería ninguna sorpresa que el recibimiento de los futuros emperadores fuera un completo desastre. El 28 de mayo de 1864, desembarcaban Maximiliano y Carlota de la fragata Novara, y el pueblo jarocho no se mostraría precisamente efusivo. Pero eso sólo era una de las muchas señales de que el Segundo Imperio caería tan pronto se reorganizaran las fuerzas de Juárez. A pesar del rechazo, el Archiduque de Austria sentiría una pasión profunda por su nueva patria desde el momento en que arribó.

EL EXTRANJERO QUE AMÓ MÉXICO

Los conservadores confiaron en que Maximiliano restauraría el viejo orden y aquellas Leyes de Reforma -a través de las cuales todos los hombres eran iguales ante la justicia- serían derogadas, recuperando así la clase dominante sus anticuados privilegios. ¿Si no, para qué habían auxiliado durante la intervención a los franceses y aceptado a aquel extranjero como representante de aquel México dividido?

“Su notoriedad como príncipe idealista y justiciero que le precedía desde Austria, le hizo parecer tanto a los conservadores, como a muchos liberales moderados, como un soberano idóneo para superar la pugna de partidos y crear en México un Estado de derecho, que gobernaría para el pueblo, aunque no por él mismo”, relata el historiador Konrad Ratz en la obra Tras las huellas de un desconocido: nuevos datos y aspectos de Maximiliano de Habsburgo (Siglo XXI, 2008).

Para desconcierto de todos, el emperador no sólo decidió no devolver los bienes expropiados a la Iglesia, sino que también aceptó aquellas premisas legislativas juaristas. Y aunque había sido muy noble por su parte, desgraciadamente para la figura que venía a representar el archiduque fue como lapidarse a sí mismo.

La reconciliación nacional que buscaba Maximiliano era una utopía en aquella bipolaridad. Desgraciadamente dos bandos con fuerza no podían sobrevivir sin más guerras civiles de por medio, y si bien quería restaurar el orden bajo su poder era necesario mermar a una de las partes. Y el ingenuo extranjero que amó México, sólo tenía un hueco entre los monárquicos.

“Fascinarás a los republicanos más apasionados con tu personalidad, pero no cuentes demasiado con ello, los principios opuestos no se avienen, y Juárez y compañía serán siempre más demócratas que tú y, además, nacieron aquí”, le escribió la emperatriz consorte en una ocasión.

Durante el reinado de Maximiliano se hizo énfasis en el rescate de la cultura, mientras Carlota organizaría numerosas fiestas recaudando fondos para la beneficencia. La justicia y el bienestar social se habían convertido en las prioridades del soberano. Durante ese tiempo abolió el trabajo de los menores, restringió las horas laborales, restauró la propiedad común, prohibió el castigo físico y olvidó cada una de las deudas del campesinado que superasen los diez pesos. A diferencia de los conservadores, Maximiliano buscaba proteger los derechos sociales. Su política era reflejo de un amor sincero por su patria adoptiva y sus gentes.

UN HOMBRE CONTRA EL MUNDO

La guerra de las Siete Semanas impediría al emperador belga Francisco José enviar apoyo militar a su hermano al otro lado del mundo; y por otro lado, la victoria de Otto Von Bismarck obligó a Napoleón III a retirar las tropas de México para disponer de sus hombres frente a la amenaza del canciller alemán.

Maximiliano se había quedado completamente solo, con las esperanzas de un México más justo hechas trizas; y los estadounidenses, no lo suficientemente deshechos después de su guerra civil, esperaban la llamada de Benito Juárez para eliminar cualquier vestigio monárquico europeo en la nación.

Si quería sobrevivir se le había propuesto abdicar. Sin embargo, Carlota le negó a su marido considerarlo siquiera, cuando le escribió en 1866: “Abdicar es condenarse, extenderse a sí mismo un certificado de incapacidad y esto es sólo aceptable en ancianos o en imbéciles, no es la manera de obrar de un príncipe de treinta y cuatro años, lleno de vida y esperanzas en el porvenir (…). El Imperio no es otra cosa que el Emperador”.

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