LA TRAGEDIA DEL SAINT LOUIS.

RELOJ DE LA HISTORIA

TXT: IGNACIO MONTES DE OCA

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EL PRESIDENTE ROOSEVELT impidió la entrada de refugiados a Estados Unidos a finales de los años treinta.

Madrid / ABC.- El gobierno de Donald Trump estableció una restricción por 90 días para el ingreso a Estados Unidos de inmigrantes de siete nacionalidades distintas. Por seis meses, se prohibió la entrada de los ciudadanos iraníes, sirios, sudaneses, libios, somalíes, iraquíes y yemenitas. Aunque suspendida de momento por la justicia de su país, la decisión de Trump recuerda otros momentos de la historia de los EE.UU., cuando anteriores presidentes decidieron cerrar las puertas a algunos grupos de refugiados judíos que escapaban de la violencia en su tierra natal a bordo del buque Saint Louis.
Los 900 inmigrantes que viajaban a bordo del buque SS Saint Louis creyeron que la pesadilla estaba cerca de llegar a su fin. Habían zarpado el 13 de mayo de 1939 desde Alemania con el propósito de llegar a Cuba y desde allí a los Estados Unidos, lejos de las deportaciones a los campos de exterminio nazis.
Muchos de ellos se habían visto obligados a liquidar sus bienes a precio vil para comprar los boletos y pagar a los diplomáticos cubanos un soborno de hasta 300 dólares por las visas que les exigían para abordar el buque. No les faltaron compradores; en esos días, se construyeron fortunas gracias a la prisa por vender de las familias judías que deseaban salir a toda costa del infierno nazi.
El 27 de mayo, cuando el Saint Louis se encontraba frente a Cuba y los refugiados preparaban sus equipajes para desembarcar, el capitán Gustav Schroder les informó que las autoridades cubanas le habían negado el permiso para entrar en La Habana. En esos días la isla era la puerta de entrada a los EE.UU. y Washington había decidido presionar diplomáticamente para frenar la llegada masiva de judíos por esa ruta. Además, el gobierno cubano había tomado nota de los 40 mil manifestantes que se reunieron el 8 de mayo anterior en el centro de La Habana para «luchar contra los judíos, hasta echar al último».
El capitán Schroder y sus oficiales, todos ellos alemanes, estaban lejos de comportarse con la furia antisemita habitual de los nazis. Es por eso que, por ejemplo, habían accedido al pedido de algunos pasajeros para que el retrato de Hitler fuera retirado de los salones cuando realizaban sus ceremonias religiosas.
Tras una semana de esperar, Schroder se dirigió a la Florida. Otra vez, afrontaron la espera frente a la costa y los pedidos en vano para que se permitiera el ingreso de los judíos alemanes. Las peticiones de los comités judíos en EE.UU. al presidente Franklin D. Roosevelt, no cambiaron la decisión de cerrar la puerta a la llegada de los pasajeros del Saint Louis.
Finalmente, el capitán ordenó poner rumbo de regreso a Europa. El Comité Judío Norteamericano pagó 50 mil dólares para que la empresa naviera aceptara desviar el rumbo y evitara así desembarcar a los pasajeros en Amberes. Desde ese día y hasta que atracaron, el 17 junio, a bordo del buque se vivió un clima de desesperación y derrota. Un pasajero decidió cortarse las venas y arrojarse al mar, antes que enfrentar el cautiverio que prometía el riesgo del retorno a Alemania. Al llegar a su destino, los 900 judíos comenzaron una batalla dispar para evitar los campos de exterminio.
El incidente del Saint Louis fue cubierto por la prensa mundial y desnudó la política de restricción selectiva de inmigrantes que llevaba adelante el gobierno norteamericano. Excusados en la necesidad de protegerse de la llegada descontrolada de inmigrantes y en la política aislacionista que propuso Roosevelt en su carrera a la presidencia, la que fuera una tierra abierta de los inmigrantes, se convirtió en un país vedado casi por completo para los que buscaban asilo frente a la violencia nazi.
A partir de las Leyes de Nuremberg de septiembre de 1935, se hizo evidente que los judíos alemanes eran un objetivo prioritario para el nazismo. Privados de sus derechos civiles y sometidos al asedio violento de las milicias paramilitares de Hitler, emprendieron el camino del exilio. La anexión de Austria y luego de Checoslovaquia, desnudó los planes expansionistas del nazismo y llevó a comprender que la guerra que se adivinaba en el horizonte, era un riesgo potencial a todos los judíos europeos.
En la Conferencia de Evian de julio de 1938, Estados Unidos y las potencias extranjeras trataron la cuestión de los refugiados, pero no lograron ponerse de acuerdo respecto a una política para cobijar a los judíos que escapaban de las regiones dominadas por el nazismo. En ese mismo año, 36 mil judíos escaparon de territorios dominados por Hitler. Al año siguiente, que terminaría con el continente sumergido en una guerra total, el número de hebreos que escapaban se duplicó.
Ese era el contexto de la huida de los refugiados del Saint Louis. La negativa de EE.UU. a recibirlos, estaba basada en un impedimento legal concreto; desde 1924, regía un sistema de cuotas de refugiados judíos denominada «Immigration and Nationality Act» (INA), que establecía un riguroso sistema para entrar al país.
El sistema de cuotas de refugiados judíos en EE.UU. establecía un sistema muy riguroso Creada con la excusa de proteger a los trabajadores locales de la competencia de los inmigrantes, en tiempos de Roosvelt la INA se reforzó con nuevas barreras burocráticas, como la exigencia de un trabajo garantizado en EE.UU. y más tarde el requerimiento de un certificado de buena conducta expedido por las autoridades del país de origen. Estaba claro que ningún nazi iba a colaborar con un judío a la hora de entregarle tal documento para escapar de la persecución. Luego, a instancias del secretario de Trabajo, Frances Perkins, se acordó relajar las restricciones y se estableció el pago de un depósito a cargo de un patrocinador local, que actuaba como garantía para la entrega de visas. Sin embargo, los intentos de Perkins apenas fueron suficientes para que el cupo de visas fuera ampliado en unos pocos miles, hasta llegar a los 27,300. Los judíos del Saint Louis habían llegado tarde; el cupo de judíos ya había sido cubierto.
Hacia 1939, el gobierno norteamericano había autorizado el ingreso de 27 mil judíos alemanes o austriacos, lo cual contrastaba con los 309 mil pedidos de refugio que habían recibido. Para ese momento, unos 400 mil judíos habían huido de territorio nazi. En Alemania y Austria, quedaron un cuarto de millón que no pudieron huir por carecer de medios para lograrlo o simplemente porque eran ancianos que no podían afrontar el rigor del exilio.
El gobierno norteamericano no fue el único que estableció cuotas de refugiados. También lo hicieron los británicos, que en los tiempos inmediatamente anteriores a la guerra fijaron un límite de 40 mil visas para judíos alemanes y austriacos. Una excepción fue el «Kindertransport», nombre que recibió el plan e 1938 para recibir 10 mil niños alemanes judíos, que fueron enviados sin sus padres a territorio británico. En EE.UU., un plan similar fue rechazado por el presidente Roosevelt y los legisladores de su partido.
En 1941, una nueva ley nazi había prohibido la migración de los judíos. Con las tropas de Hitler estacionadas en la mayor parte de Europa, aquello significó una condena a muerte a manos de las escuadras de la Gestapo especializadas en la captura de fugitivos.
La entrada de EE.UU. a la guerra en 1941, relajó las restricciones al ingreso de judíos a los EE.UU. En total, unos 200 mil llegaron a ese país hasta la fecha de la derrota alemana, aunque para entonces la mayor parte de sus familiares ya habían perecido a manos de la Gestapo o en los campos de la muerte que manejaban los SS alemanes.
Unos 75 mil judíos llegaron a Centro y Sudamérica. Gran Bretaña cubrió su cupo de 40 mil refugiados. Del resto, unos 60 mil huyeron a Palestina. En algunos países como Argentina, las leyes de inmigración que prohibían expresamente el ingreso de judíos obligaron a que muchos ingresaran con documentos falsos o por pasos fronterizos remotos. Otros, viajaron tan lejos como Shanghai.
Se calcula que en 2003 la comunidad cristiana iraquí reunía a un millón de personas. La guerra y el fanatismo disminuyó ese número a la cuarta parte. Muchos murieron ejecutados; el resto, huyó para no correr la misma suerte.
El reciclaje de ideas y los escenarios se repiten. El presidente Donald Trump no intervino en el juego previo que condujo a los conflictos que generan la actual crisis de refugiados, pero sí decidió hacerle caso a los reclamos que recogió en su campaña presidencial de parte de sectores locales que pedían lo mismo que sus compatriotas un siglo antes: frenar el ingreso de mano de obra extranjera, aislarse de las consecuencias de la violencia en otros países y proteger a la patria de la llegada de “espías” peligrosos, como especuló Roosevelt en su momento.
Regresemos por un momento al año 1939 y a los pasajeros del Saint Louis. En los camarotes, había hombres y mujeres de todas las edades, que buscaban rehacer su vida tras escapar de una muerte asegurada. Y encontraron un muro de excusas y razones de parte de países que habían colaborado para crear las condiciones que los llevaron hasta sus costas

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