IVÁN EL TERRIBLE, EL PRIMER ZAR DE LA HISTORIA.

RELOJ DE LA HISTORIA

TXT: MANUEL P. VILLATORO

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ESCENA DE LA PELÍCULA “Iván el Terrible (Groznyy I)”, de Sergei M. Eisenstein, filmada en 1958.

Madrid / ABC.- Hace 500 años, Iván IV Vasílievich (el primer Zar ruso) se forjó el sobrenombre de “el Terrible”. Y lo cierto es que se lo ganó a pulso, pues acabó con miles de sus súbditos y sometió a todo tipo de crueles torturas a multitud de sus ministros por considerar que buscaban derrocarle. Todo, paranoias personales.

Se cree que este personaje, quien, curiosamente, liberó a Rusia de la corrupción, disfrutaba a nivel sexual con el martirio y las torturas y que, durante su vida, desvirgó a más de 1,500 mujeres.

Para suerte de Europa, la muerte, que no perdona a nadie, acabó con Iván el Terrible el 28 de marzo de 1584. Pero quedó la leyenda que se había forjado el primer Zar de Rusia mediante sus bestiales y sádicas acciones. Brutalidades tales como freír a personas vivas o escaldarlas en agua hirviendo.

En los siglos posteriores su figura fue sumamente odiada. Un ejemplo de ello es que, cuando el Zar Alejandro II mandó construir en su país un monumento a la historia de Rusia, ordenó que en él no figurase Iván el Terrible. ¿Por qué le condenó al ostracismo histórico? Porque consideró que, aunque había forjado el imperio ruso a través de sus conquistas, no merecía ser recordado por la cantidad de barbaridades que había cometido contra su propio pueblo.

Sin embargo, hubo un líder político que sí glorificó la imagen de este personaje, y no fue otro que Iósif Stalin, quien veneraba al mítico Zar y quien, entre 1944 y 1945, hizo rodar un largometraje enalteciendo su figura.

LA CRUEL INFANCIA

Iván IV Vasílievich nació en las gélidas estepas de Rusia allá por 1530. Hijo de Basilio III y de Elena Glinskaya, su linaje era de una sangre más azul que el mar en el que dejaron la juventud marinos de la época como Andrea Doria. Sin embargo, este joven líder tuvo que saborear los tristes jugos de la desazón cuando apenas sumaba las tres primaveras de vida.

Y es que, fue entonces cuando tuvo que ver cómo su padre dejaba este mundo. La necesidad hizo que fuese coronado mandamás en su lugar, aunque fue su madre la que se asumió el trono en calidad de regente debido a la corta edad del niño.

Ya como Gran Príncipe de Moscú, sufrió el segundo revés del destino cuando su madre falleció en 1538. Las dudas sobre las causas de esta muerte llevaron a Iván a creer que su madre había sido envenenada por los boyardos (los señores feudales de la antigua Rusia). Independientemente de lo que le sucediera a Elena Glinskaya, lo cierto es que aquella muerte dejó sin un líder de peso a la región y avivó las intrigas entre las diferentes familias nobles. Iván empezó a sufrir un auténtico acoso por parte de los mismos nobles que debían protegerle y enseñarle la forma correcta de dirigir a sus súbditos. Los boyardos siempre consideraron al pequeño como un estorbo que les impedía conseguir el poder, por lo que no dudaron en someterle a todo tipo de vejaciones.

Todo esto pudo motivar la locura del pequeño Iván. Así lo demuestra, por ejemplo, el que el futuro asesino de masas se dedicase a arrojar perros y gatos desde la torre en la que permanecía preso. Algo que hacía por el mero hecho de ver cómo se estrellaban contra el suelo. “El hacer daño a pequeños animales en una edad temprana es un claro síntoma de psicopatía”, señala el criminólogo Vitorio Martín Humbría.

Independientemente de la causa, lo cierto es que el carácter de Iván se forjó a base de golpes, vejaciones y maltratos. Quizá fuese por eso por lo que, cuando apenas sumaba 13 años, decidió que era hora de mostrar que era él quien mandaba en aquella primitiva Rusia. A esa edad dio la primera muestra de su fuerte carácter al ordenar la ejecución del príncipe Andrei Shuisky, líder de los boyardos. Así inauguró lo que, posteriormente, sería casi una tradición para él: hacer que una jauría de perros descuartizase y se merendase a sus enemigos. “Los perros que utilizaba para despedazar personas seguían sus órdenes. Eran una extensión de su brazo, un yo externo mediante el que logró demostrar que era él quien mandaba”, señala Kastner.

Durante su adolescencia Iván solía sufrir severos ataques de ira en los cuales llegaba a arrojar espuma por la boca y en los que no era raro que se diera golpes en la cabeza o se arrancase mechones de cabello. Una vez pasado el ataque colérico se pasaba horas en silencio, mirando un punto fijo.

A pesar de contar con un desequilibrio latente, Iván vivió uno de sus momentos de mayor tranquilidad mental en 1547. La responsable de ello fue su primera esposa, Anastasia Romanova. Una mujer a la que escogió de entre más de 1,500 candidatas. El matrimonio le hizo asentarse un poco más en el poder y le permitió convertirse en un verdadero Zar; de hecho, fue el primero en conseguir este título. Fue coronado por Macario, cabeza de la iglesia ortodoxa, en 1547, en la catedral de la Dormición. Macario le coronó no sólo como gran príncipe, como su padre, sino también como “Zar”, título que en última instancia deriva de “César”.

Anastasia le hizo descubrir lo que era realmente el amor y, de sus delicadas manos, logró terminar con las viejas leyes del país, así como con la corrupción y con los nobles aprovechados. “En esos años Iván IV afrontó una reforma total del estado ruso al fundar la Rada, un consejo de estado formado principalmente por Macario, su confesor Silvestre y su consejero Alexei Adashev. Reformó el ejército con la creación de los Streltsí, una unidad de élite con la que conquistó los enclaves tártaros de Kazán (1552) y Astracán (1556), expandiendo las fronteras rusas hasta Siberia, inhóspitas tierras ocupadas en 1583”, señala Linares.

Con su esposa (hija de Yuri Romanov-Koshkin, el boyardo que dio nombre a la dinastía de los Romanov) tuvo seis hijos de los sólo sobrevivieron dos.

Aquellos años fueron de felicidad para Iván. Sin embargo, y como le venía sucediendo desde pequeño, la alegría le duró poco, concretamente hasta 1560, año en que Anastasia falleció.

(N.deR.- Curiosamente, la hija de Nicolás II, el último Zar ruso, también se llamaba Anastasia Romanov).

Aunque posteriormente se volvió a casar, al Zar se le fue la cordura con ella. Esa muerte fue lo peor que le pudo pasar a él y a Rusia, pues su ira se desató y terminó convertido en un gobernante fanático, autoritario y sádico. Sin el último nexo que le unía con la realidad, pasó a ganarse a pulso el sobrenombre de “Grozny”. Un adjetivo, por cierto, cuya traducción es la de “severo” o “duro”.

LLEGA LA BARBARIE

Tras la muerte de Anastasia, Iván comenzó a ver complots contra su persona por todas partes. Empezó a creer que todos conspiraban a sus espaldas para expulsarle del trono. Aquella locura le llevó a perseguir a todos aquellos que consideraba traidores. De nada valía ser uno de sus colaboradores más cercanos, pues un paso en falso podía provocar la llegada de la ira del Zar.

Entre sus castigos favoritos se encontraban algunos como romper los huesos a sus enemigos, darles de latigazos hasta despellejar su espalda; estos eran los menos bestiales. Y es que, el Zar también contaba con otras formas más originales de maltratar a los supuestos traidores. “Iván mandó fabricar grandes sartenes donde freía vivas a sus víctimas. También las metía una y otra vez en agua hirviendo, y luego en agua fría, hasta que se les caía la piel y morían. Se dice que cortó en rebanadas a muchos prisioneros”, asegura Petermann.

A su vez, solía acabar con las esposas de los sospechosos de traición y colgar sus cuerpos desnudos frente a sus casas. Los damnificados no podían hacer nada más que asumir, sin quejarse, lo sucedido. El por qué cometía estas tropelías es un tema discutido en la actualidad, aunque Petarmann es partidario de que pudo ser por mero sadismo: “Veo dos motivos. En primer lugar, una mutilación agresiva incitada por la furia y el odio contra esas personas. Pero, por otra parte, es posible que obtuviese placer sexual con ello, pues realizaba los castigos muy lentamente”. Iván llegó a matar a su hijo mayor durante un ataque de ira.

Kastner opina que “la indefensión de otras personas confirma la propia posición de poder del sádico. Ya no es el dolor de las víctimas lo que le anima, sino la reacción al dolor que les causa. La adicción está en oír: tengo miedo de vos, estoy sufriendo, y sólo vos podéis cambiarlo”.

Con todo, las torturas contra sus presuntos enemigos no eran la única forma de liberar su ira y garantizar su continuidad en el trono. Iván el Terrible también solía reprimir con suma dureza cualquier intento de sublevación contra él. Movimientos subversivos que, habitualmente, sólo estaban en su imaginación. Ejemplo de ello es que, allá por 1570, marchó sobre un pueblo llamado Novgorod junto a 15,000 hombres como venganza por una presunta rebelión. Arrasó la ciudad y dio muerte a miles de personas, llegando incluso a arrojar a decenas de niños a las aguas heladas de un río cercano, simplemente para disfrutar con aquel atroz espectáculo. Su conducta violenta no tenía precedentes en el mundo.

Durante sus últimos años de vida, Iván dio rienda suelta a sus perversiones sexuales más degeneradas, desflorando a más de mil quinientas mujeres y asesinandoa los hijos resultantes de estas relaciones, explica el investigador Gargantilla.

IVÁN EL TERRIBLE Y STALIN, capítulos paralelos en la historia de Rusia

IDOLATRADO POR STALIN

Iván el Terrible murió a los 52 años en circunstancias extrañas. A partir de entonces, sobre su nombre cayó una maldición de silencio en Rusia. Al menos, hasta que llegó al poder de la URSS Iósif Stalin. Y es que, este dictador se sentía sumamente atraído por la figura de aquel Zar que, con barbarie e infamia, había creado el imperio que ahora dominaba él.

Así lo afirman varios expertos como Álvaro Lozano Cutanda, quien señala en su libro “Stalin, el tirano rojo” que el líder soviético siempre encontraba un hueco para leer las hazañas del primer Zar y que los libros que narraban sus peripecias se encontraban entre los favoritos de su biblioteca, la cual contaba con más de 40 mil volúmenes.

Con todo, Stalin también afirmó en varias ocasiones que Iván el Terrible había sido demasiado blando. “Uno de los errores de Iván el Terrible fue infravalorar a una de las cinco grandes familias feudales. Si hubiera aniquilado a esas cinco familias no se habrían producido los años turbulentos. Pero Iván el Terrible podía ejecutar a alguien y perder luego mucho tiempo arrepintiéndose y rezando. Tenía que haber actuado con más decisión todavía”, señaló el líder soviético.

A pesar de ello, Stalin estaba totalmente fascinado por la imagen de Iván el Terrible. Algo que quedó claro cuando ordenó al cineasta soviético Serguéi Eisenstein, en 1944, rodar una película que narrara cómo el primer Zar había luchado contra miles de conspiradores para forjar Rusia y acabar con lo que el líder rojo consideraba una cruel leyenda negra. “Stalin se veía como Iván. Un gobernante severo que no tenía miedo de tomar medidas contundentes contra sus enemigos si creía que ese era el interés del estado”, señala Perri.

La película resultante obtuvo el Premio Stalin. Sin embargo, no logró eliminar la leyenda negra que, desde entonces, siempre ha estado asociada a Iván el Terrible. Un sujeto que, a pesar de ser sumamente inteligente y erudito en multitud de aspectos, prefirió dedicar su vida a las vejaciones y se dejó llevar por su lado más oscuro.

De hecho, aquel intento de elevar la imagen de Iván el Terrible quedó destruido durante la Guerra Fría por Nikita Kruschev. Y es que, según afirma Miguel Carlos Ibáñez Fos en su informe “Iván el Terrible en la historiografía rusa y soviética”, el sucesor del líder rojo afirmó lo siguiente durante una entrevista en el Kremlin: “Stalin fue un tirano loco, al igual que lván el Terrible, pero con una diferencia, que el Zar exterminaba a sus enemigos, mientras que Stalin hacía ejecutar a sus amigos”

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