EL PRESIDENTE DE LOS 45 MINUTOS

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Pedro Lascuráin, Presidente por 45 minutos

Madrid / ABC. Máxim Huerta ha sido responsable de la cartera de Cultura y Deporte de España apenas siete días. Toda una eternidad en comparación con el presidente de México Pedro Lascuráin, que ocupó su sillón el 19 de febrero de 1913 a las 17.15 horas y lo abandonó a las 18.00. Una legislatura de 45 minutos en la que al mandatario americano provocó, por extraño que parezca, cambios importantes en la historia política de su país.

Huerta, el ministro más breve de la democracia española –tras conocerse la condena por defraudar a Hacienda 218 mil 332 euros a través de una sociedad constituida en 2006–, no parece haber tenido la relevancia del presidente mexicano. Éste, en lo que dura el capítulo de una serie, consiguió interrumpir un primer gobierno democrático en años e iniciar la política intervencionista de Estados Unidos en su país.

Lascuráin ocupó interinamente el cargo después de que el presidente Francisco I. Madero fuera obligado a firmar su renuncia, sin saber que estaba firmando también su sentencia de muerte. Tres días después era asesinado, pese a la promesa de respetar su vida y facilitar su exilio a Cuba que le habían hecho los golpistas del movimiento contrarrevolucionario: Félix Díaz, Bernardo Reyes y Victoriano Huerta. La misma suerte corrieron su hermano Gustavo y el vicepresidente Pino Suárez, que fueron arrestados y torturados hasta la muerte.

UN GOLPE DE ESTADO EN LA SOMBRA

El golpe de Estado que acabó con Lascuráin en la presidencia fue iniciado en la sombra por el embajador de Estados Unidos, Henry Lane Wilson. El diplomático estaba preocupado por los intereses de las empresas de su país en el convulso territorio de México, que estaba azotado por los levantamientos de líderes revolucionarios como Emiliano Zapata, Pascual Orozco y Pancho Villa. Quería apartar a Madero del poder para hacerles frente. El dinero que había en juego era demasiado y no quiso quedarse con los brazos cruzados.

Entonces llegó a un acuerdo con el ex presidente Félix Díaz y el militar Manuel Mondragón, iniciándose lo que se conoce como la sublevación de la Decena Trágica. Una vez acabada, el fiel escudero del presidente Madero, el militar Victoriano Huerta, traicionó su lealtad y firmó un armisticio con Díaz, Wilson y Mondragón, con la condición de que le colocaran al frente del Gobierno y éste se lo entregara después a Félix Díaz. Todos estos movimientos eran posibles gracias a la inestabilidad política que vivía México.

Fue aquí donde entró en juego Lascuráin (el Breve o, según como se mire, el Rápido). El 19 de febrero de 1913, una vez destituido Madero, la Constitución de 1857 establecía que el ministro de Asuntos Exteriores debía ocupar la presidencia, y éste no era otro que nuestro el protagonista. Todo estaba ya programado para que este abogado y político nacido en Ciudad de México en 1856 se convirtiera en el hombre con más poder del país… al menos sobre el papel.

CADENA DE TRAICIONES

Poco después de jurar su cargo a las 17.15 horas del 19 de febrero de 1913, la única orden que dio fue nombrar, como estaba pactado, a Victoriano Huerta como secretario de Gobernación. A las 18.00 renunció y éste le sustituyó como presidente. Fue visto y no visto. Como decía una obra de teatro del director mexicano Flavio González Mello, el mandato duró “el primer tiempo de un partido de futbol, la cola de un banco en día de quincena o el vuelo de México a Guadalajara”.

El golpe de efecto de Lascuráin no fue el esperado, pues Huerta no cumplió con los compromisos pactados y, pocos meses después, modificó el Gabinete y se las ingenió para posponer o suspender las elecciones que debían llevar a Félix Díaz al poder. Para teatralizar más estos movimientos, este último incluso fue enviado a Japón en una misión especial para tomar el poder a su regreso. Sin embargo, para su sorpresa, Huerta no renunció a la presidencia.

La breve gestión de Lascuráin fue mucho más importante de lo que pueda parecer. En primer lugar, porque interrumpió la presidencia del único Gobierno democrático que había tenido México desde el inicio de la Revolución. En segundo, porque permitió que el general Huerta asumiera el poder e instaurara un sistema despótico y represivo.Y en tercer lugar, porque despertó en Estados Unidos el afán por derrocar, en esta ocasión, a Huerta para imponer la democracia en México (como estaba previsto en sus planes con el movimiento de Lascuráin). El presidente de Estados Unidos llegó al extremo de ordenar la ocupación del puerto de Veracruz, menos de un año después, para “enseñar a las repúblicas latinoamericanas a elegir buenos gobernantes”. Acabaron con la vida de cien mexicanos y permanecieron en el territorio siete meses.

No hay que olvidar que el inicio de este intervencionismo en la época de Lascuráin obedecía a una serie de factores. Estados Unidos creía que era responsable de ampliar su autoridad sobre los “pueblos semibárbaros” de México, con el objetivo de salvaguardar sus inversiones. Y también para extender su influencia sobre el país vecino, convencido de que la Revolución Mexicana implicaba un gran peligro para ellos. Quién se lo iba a decir a Lascuráin… el de los 45 minutos.

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